Punto de vista de Ulrik
Las cortinas en el dormitorio de mi madre brillaban de un carmesí profundo, como una herida que se negaba a cerrar.
Cuando mencioné por primera vez exiliar a Adelaide, el primero en oponerse fue mi padre.
—Exiliarla te convertirá en un objetivo —dijo, con los brazos cruzados—. Estarás destruyendo tu propio futuro.
Simon asintió en acuerdo.
—Padre tiene razón. La mitad de los lobos que te ayudaron a ganarte tus galones solo te siguieron por lealtad al padre de ella. Si la exilias, los pierdes también.
Apreté la mandíbula.
—Ella me chantajeó… con la vida de mi madre.
Mi voz fue más fría de lo que pretendía. Pero era la verdad. Nadie podía negarlo.
Mi madre, tendida en la cama, respiraba con dificultad, los ojos ardiendo de furia.
—No. Debe ser exiliada. En el momento en que se vaya, pierde el acceso a la fortuna de Frostfang.
Fruncí el ceño.
—No hago esto por su dinero…
Vi titubeo en los rostros de mi padre y de Simon.
—¿Entonces por qué no tomarlo? —espetó ella, llevándose la mano al pecho de esa forma dramática tan suya—. Tiene bienes. Una vez exiliada, pasan automáticamente a Bloodmoon. Es la ley, y lo sabes. Has visto nuestras cuentas… ¡nos estamos desangrando! Quiero vivir, Ulrik. Necesito tratamiento. Necesito ese dinero para seguir respirando. ¡Las operaciones de nuestra manada también dependen de los activos que ella trajo desde Frostfang!
Estaba a punto de responder cuando mi padre me detuvo.
—Tu madre tiene razón —dijo.
Me miró directamente, su tono sereno pero cargado de presión.
—Ulrik, esto no es un simple conflicto de cuentas personales. Es el futuro de Bloodmoon. Ha habido problemas con las líneas de suministro en la frontera. Las pensiones de los soldados, las medicinas de los guerreros heridos… todo se financia con el dinero que trajo Adelaide.
Hizo una pausa, su mirada se oscureció.
—¿Crees que quiero verte manchado de deshonra? No. Encontraremos una forma… una que preserve tu reputación y asegure ese dinero.
—Eres el Alfa. Debes pensar en toda la manada, no hundirte en culpa por una mujer. Adelaide se acabó. Esa riqueza debe quedarse con nosotros.
Odiaba esa conversación.
Odiaba que siquiera la estuviéramos teniendo.
Pero lo que más odiaba… era saber que la loba que decía amarme, que juraba estar a mi lado, había usado a Digby como arma y a mi madre como rehén.
—No es la Luna que pensé que era —dije en voz baja, con un amargo alivio—. Antes creía que lealtad, gracia y deber eran lo que definían a una compañera. Pero entonces conocí a Velda… y entendí que una mujer puede ser algo completamente distinto. Ella me mostró que el amor no es hábito ni obligación. Es luchar codo a codo. Es ser visto, no obedecido.
Enderecé los hombros.
—Aunque enfrente represalias, las soportaré. Las tribus del sur están desesperadas por ayuda. El Alfa Lance lleva dos años en un punto muerto. Si Velda y yo ganamos esa guerra, nuestro honor ahogará los susurros.
Además, sería un tributo a los guerreros caídos de Frostfang: los parientes de Adelaide, su sangre.
La victoria no solo silenciaría a mis críticos.
Borraría el último rastro de su sombra sobre mi nombre.
—Confío en Velda —dije—. Demostraremos quiénes somos.
Mi madre se animó, como si el fuego hubiese vuelto a sus huesos. Se incorporó de golpe, los ojos centelleando.
—¡Entonces exíliala! Casi me mata… por celos, retorciendo todo lo que he hecho. Si no fuera por el sanador real que Velda consiguió con sus méritos en el campo de batalla, yo estaría muerta esta noche.
Me quedé helado.
Hacía apenas unos meses, esa misma mujer había tomado mi mano, alabando los cuidados de Adelaide.
Decía que era más confiable que una hija, que nadie había apoyado a la familia como ella mientras yo estaba en guerra. Yo mismo lo había visto: Adelaide sentada a su cabecera, cambiando vendajes en plena noche, susurrando consuelo cuando nadie más podía.
Pero ahora… todo eso se había convertido en “celos retorcidos”, “intenciones maliciosas”.
¿La verdad? No creía que mi madre estuviera equivocada.
Sí, Adelaide había hecho todo.
Y sí… también había prohibido que Digby viniera.
Intentó controlarme —usando la enfermedad de mi madre como una cadena alrededor de mi cuello.
Quizá su suavidad siempre fue una jaula.
Sus sacrificios, nada más que una tela dorada diseñada para atraparme.
Así que no. Esto no era ingratitud.
La cabaña Freeman olía a pino y hierro. Colmillos de lobo colgaban de las vigas.
La tenue luz del farol dibujaba sombras filosas en su rostro.
La tomé por los hombros.
—Voy a disolver el vínculo con Adelaide. Necesito tu apoyo.
El ceño de Velda se frunció.
—¿Vas a terminarlo? ¿Por qué?
Respiré hondo.
—La condición de la Luna Rosemary empeoró. Llamé a Digby; pero se negó a venir. Dijo que estaba contratado por Adelaide y que no podía actuar sin su permiso. Ella le dijo que no. Así que él dijo que no.
Un destello de cálculo frío cruzó los ojos de Velda.
Lo entendió al instante.
—Te está chantajeando —dijo en voz baja—. Usando la vida de tu madre.
Luego su tono cambió —aún más oscuro, más deliberado— al dar un paso hacia mí, una sonrisa lenta curvando sus labios.
—Entonces es hora de dejar de jugar limpio. Si está lista para mostrar los colmillos… mostremos quién muerde más fuerte.
Su olor a hembra dispuesta, inflamó mis fosas nasales, mientras sus delicadas manos acariciaban mi pecho, su dedos hacían círculos de fuego en mi piel, a través de mi camisa, y esto hizo que mi necesidad aumentara, sin poder evitarlo, la atraje hacia mí, rodeando con mi brazos sus perfecta cintura, mientras ella alzaba sus labios hacia mí, en claro gesto de entrega.
Descendí sobre esos labios húmedos, para sentir su sabor, era calmante, y me ayudaba a olvidar esa sensación que oprimía mi pecho, una sensación que no entendía pero que siempre estaba presente, me concentré en beber de sus labios, mientras sentía como Velda comenzaba a deshacerse de mi camisa, con sus manos ansiosas, como si ella supiera que yo buscaba un alivio rápido.
La alcé para colocarla sobre la mesa, mientras mi piernas, con la fuerza de mis músculos, apartaban de una patada las sillas que me dificultaba estar pegado a ella. Una vez allí, desde donde estaba, sobre esa mesa, sentí como sus manos descendía por mi pecho en dirección a mi cinturón, mientras yo, con mis manos ansiosa, arrancaba los botones de su vestido, que acabaron saltado en diversa direcciones, dejando su tersa piel libre, para que yo, con mis labios, pudiera saborearla.
No pretendía que fuera tan rápido, simplemente necesitaba de ella, pero no contaba con su pasión, ni con su capacidad de entrega, las caricias de su manos, que comenzó a hacer, en la parte más sensible de mi cuerpo, mientras se deshacía de los cierres de mi pantalón, no me ayudaba a que mi deseo, no se incrementara, saliéndose de control.
Retire su vestido para besar el nacimiento de sus pechos, mientras una de mis manos, buscaba por debajo de los resto que quedaban de su falda, su ropa interior, que como su vestido, fue arrancado de su cuerpo.
No necesitábamos hablar, nos comunicábamos con nuestros cuerpos, debía borrar esa sensación de que algo no estaba bien, algo me retenía en mi interior, pero ella sabía lo que yo necesitaba, y pretendía dármelo, casi como si me leyera el pensamiento, sentí como ella agarraba mi miembro, para acariciarlo con sus manos, mientras yo cerraba los ojos, y lamia sus senos endurecidos, la oí gemir de placer, pero mi mente estaba centrada en la sensaciones que ella me provocaba, evitando pensar.
Pronto, la empujé sobre la mesa, para que ella cayera sobre la dura superficie, al mismo tiempo que tiraba de sus muslos, abriendo su piernas, para que yo pudiera colocarme entre ellas.
El primer empuje de mi miembro en su interior fue rápido, intenso, y todo yo me sentí temblar, a partir de ese momento comencé a moverme con lentitud, en su interior, para hacer que esa sensación durara, mientras ella, sobre la mesa, se retorcía entre gemidos de placer, centré mi mirada en su cuerpo, aumentado así mi deseo, hasta que mi necesidad me pidió aumentar el ritmo, y eso hice, los gemidos de Velda aumentaron, justos con sus contoneos, que sólo hacían que incrementara mi placer, hasta llevarme a un punto en el que todo estalló, haciendo que gruñera con la última explosión, y borrando por ahora el mal estar que me había hecho ir a buscarla.
Al final sólo quedamos ella y yo totalmente satisfechos, aunque para mi desgracia esa sensación de que algo no estaba bien seguía allí no se había borrado, aunque no dije nada, mientras nos abrazamos.

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