—¡Clara, ya compré el Mesón de Lorenzo! —Camilo se apresuró a decir antes de que ella colgara, con tono cariñoso—. Ya está a tu nombre. Como ahora tienes negocios con Liana, vas a necesitar un lugar propio, ya sea para reuniones de amigas o para cenas con clientes. Además, queda muy cerca del estudio de Vestidos Largos, así te será más fácil llegar.
¿Cómo era posible que hubieran pasado tantas cosas en una sola noche?
El corazón de Clara, ya conmovido, se derritió por completo.
—¡Gracias, hermano!
—Mientras tú seas feliz, eso es lo que importa.
Le recomendó que olvidara lo ocurrido la noche anterior y que, si alguien preguntaba, dijera que jamás se cruzó con Rodrigo en ese lugar. Tras colgar, Camilo hizo otra llamada.
—¿Por dónde vas?
No se escuchó lo que respondieron al otro lado, pero Camilo alzó una ceja con evidente satisfacción.
—Cuando llegue al lugar, mándales las fotos a la familia Wagner. Ya sabes lo que tienes que hacer.
Al terminar, Camilo miró su reloj y caminó directo a la oficina de presidencia para tocar la puerta.
—¡Adelante!
Camilo entró en la oficina.
—Presidente Soler, ¿tengo el honor de que me lleve en su auto?
—¡Muchacho astuto! —Mauricio soltó una carcajada y señaló unos documentos sobre el escritorio—. ¡Firma esto y nos vamos!
—¡De acuerdo!
El teléfono de Camilo vibró. Cerró la puerta y no contestó hasta llegar a su propia oficina.
—Hermano... —Una voz llorosa y llena de resentimiento se escuchó en la bocina. Camilo tiró el teléfono sobre el escritorio.
La oficina se llenó con los sollozos de Selena repitiendo «me equivoqué» una y otra vez.
Mientras tanto, en la oficina de Vicente.
Él intentó llamar a Clara nuevamente, pero seguía mandándolo a buzón.
En sus oídos volvió a resonar aquella frágil pregunta: ¿Y si... aún me siento mal?
Vicente agarró las llaves del auto y salió a toda prisa.
El sonido del motor rugía en su mente, al igual que los reclamos desesperados de Clara preguntándole si de verdad la amaba y quién ocupaba su corazón.
Mientras el auto aceleraba para salir del estacionamiento subterráneo, solo podía recordar la mirada de Clara, húmeda y vulnerable como la de un gatito asustado.
Y pensar que, en ese momento, él estaba intentando consolarla.
Por cambiarle un simple vendaje, sentía como si estuviera pelando una cebolla transparente con unas pinzas, capa por capa, acercándose a su núcleo.
Se lo había cambiado con cuidado, masajeado su piel e incluso soplado suavemente.
Y al levantar la vista, ella lo había mirado de esa forma.
Jamás lo había mirado con tanta ternura.
¿O tal vez era porque él jamás la había tratado con tanta dulzura?



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