Capítulo 90:Dice su nombre.
Daisy soltó la mano de Alexander y la dejó caer sobre el cojín. Él no se movió. Todavía la cubría con su cuerpo, pero el peso ya no era el mismo.
—No puedo acostarme contigo —repitió ella, esta vez más clara.
Alexander parpadeó. Su pecho todavía subía y bajaba con fuerza. Apartó un mechón de pelo de la cara de Daisy con los dedos, despacio, como si esperara que ella se retractara.
Ella no lo hizo.
—Bueno —dijo él al fin, y la palabra sonó ronca, casi seca.
Se apartó.
No de golpe, sino con un movimiento controlado: primero levantó una rodilla, luego se sentó en el borde del sofá, dejando espacio entre ellos. Daisy aprovechó para incorporarse. Se arregló la blusa con las manos temblorosas y cruzó los brazos sobre el pecho.
Alexander se pasó una mano por el cabello y miró al frente un segundo, hacia la ventana, y luego giró la cabeza hacia ella.
—Entonces explícame —dijo—. Porque hace un minuto me besabas como si te fuera la vida en ello.
Daisy apretó la mandíbula.
—Estaba confundida.
—No. —Él negó con la cabeza, sin dureza, pero sin dejársela pasar—. No me vengas con esa. No estabas confundida. —La miró un segundo y leyó la verdad en sus ojos—. ¿Estabas usando este beso para olvidar a alguien?
Ella no respondió y eso fue una respuesta.
Alexander soltó un suspiro largo. Se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en las rodillas y colgó la cabeza entre sus manos. Cuando volvió a mirarla, sus ojos tenían algo distinto.
No era furia. Era decepción, pero también determinación.
—Es Cassian —dijo.
No era una pregunta. Daisy se mordió el labio inferior y asintió una vez.
—Y no lo has superado.
—No.
—Entonces, ¿qué haces aquí? —La voz de Alexander subió un tono, pero no llegó a ser un grito—. ¿Qué haces besándome a mí si todavía piensas en él?
Daisy se levantó del sofá y caminó hasta la ventana, se quedó de espaldas a él, mirando el jardín.
—Porque quería dejar de pensarlo —confesó sin voltearse—. Y pensé que si te besaba a ti, si sentía otra cosa… tal vez él se iba.
—¿Y se fue?
—No. —Su voz se quebró apenas, pero lo disimuló carraspeando—. Aún está allí.
Alexander se levantó también, pero no se acercó. Se quedó a cierta distancia con las manos en los bolsillos.
—No voy a ser tu distracción, Daisy.
Ella giró la cabeza hacia él y sus ojos se encontraron.
—Lo sé. Y por eso te detuve. Porque no podría usarte así.
Él arqueó una ceja y esperó. Daisy dio un paso hacia él.

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