Capítulo 92: Quería saber de usted.
A dos cuadras del departamento de Sofía, un coche negro con vidrios polarizados permanecía estacionado. Dentro, un hombre de traje oscuro hizo una llamada.
—Señor Van Deer. La señorita Town salió de la mansión Roth. Estuvo adentro aproximadamente cuatro horas.
Hizo una pausa, escuchando.
—Sí, la seguí como ordenó. —Otra pausa—. No, señor. Llegó un médico y la señorita Town salió poco después de que él se fuera.
El hombre miró hacia el edificio.
—Sí, señor. Entendido.
En la mansión Van Deer, Alexander movía la copa de whisky que descansaba en su mano derecha y escuchaba el informe de su empleado. Y mientras más escuchaba, sus dedos se cerraban alrededor del vaso.
—Gracias, Juan.
Colgó.
Se quedó mirando el fuego, su expresión no mostraba furia. Solo decepción.
—Fuiste a verlo. —murmuró—. A pesar de todo. A pesar de mí. Fuiste a verlo.
Entonces un correo llegó a su teléfono. Era un mensaje de su asistente: "Señor, el encargo estará listo el martes."
Alexander leyó el mensaje dos veces y sonrió. Pero no había alegría en esa sonrisa, solo una determinación amarga. Guardó el teléfono en su bolsillo, dejó la copa sobre el escritorio y subió las escaleras con pasos silenciosos.
La puerta de la habitación de Leo estaba entreabierta, la empujó suavemente y entró. Leo dormía abrazado a un peluche. Alexander se sentó en el borde de la cama y extendió la mano para acariciarle el cabello con ternura.
—Sabes, Leo —susurró—. Voy a hacer que Daisy sea tu mamá. Pase lo que pase.
El niño murmuró algo en sueños pero no despertó. Y Alexander se quedó ahí por un momento más. Luego se levantó y salió, cerrando la puerta sin hacer ruido.
A la mañana siguiente, Cassian estaba en su cama, mirando el techo. La fiebre había bajado, el sudor se había secado, pero su ánimo seguía en el suelo.
¿Había sido real? ¿Daisy realmente había estado ahí, tocándolo, cuidándolo? ¿O solo había sido un sueño febril, una alucinación cruel de su mente?
La puerta se abrió y María entró con una bandeja de desayuno.
—Señor, tiene que comer.
—No tengo hambre —dijo volviendo a mirar ese punto en el techo.
María dejó la bandeja en la mesita de noche y lo miró preocupada.
—El médico dijo que tenía que alimentarse.
Cassian no respondió, siguió mirando el techo y finalmente hizo la pregunta que había estado conteniendo.
—¿Ella estuvo aquí... Daisy vino? ¿O solo fue un sueño?
María guardó silencio por un segundo, pero luego asintió.
—Sí. Estuvo aquí, señor. Lo cuidó.
Cassian cerró los ojos y algo se aflojó en su pecho. Una tensión que no sabía que estaba sosteniendo.
—Entonces fue real.
—Sí. —María hizo una pausa—. Pero...
Cassian abrió los ojos y la miró.
—¿Qué?
—No sé qué pasó, señor. Pero la señorita ya no es la misma. Sí vino... pero...
—¿Pero qué?
María bajó la mirada.

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