A Ivana se le ocurrió una idea de repente: ¿acaso él también habría llevado a Yadira a aquel restaurante al que la había llevado a ella?
La imagen, que antes le parecía increíblemente tierna cada vez que la recordaba, ahora se sentía como una burla.
Al pensar en eso, Ivana perdió el apetito. Sin embargo, el dolor de estómago era tan insoportable que se apresuró a tomarse una pastilla.
En cuanto se tomó el medicamento, le entró un sueño profundo.
Subió al carro y, al cerrar los ojos, las imágenes del pasado la invadieron.
Lo bueno y lo malo de Nelson se entrelazaban, persiguiéndola como fantasmas.
Cuando el carro se detuvo, le pareció escuchar la voz de Nelson resonando en su oído.
—¿Ya ni sabes en qué mundo estás? A ver si un día te ven la cara y ni cuenta te das.
Ivana se incorporó, pensando que todavía estaba medio dormida, pero se dio cuenta de que quien conducía no era Lionel. ¡En algún momento, lo habían cambiado por Nelson!
Miró por la ventana y frunció ligeramente el ceño.
—¡Quiero volver a mi departamento en Residencial Valle de Ónix!
Solo había aceptado retirar la demanda de divorcio, no había dicho que volvería a vivir en la casa que habían compartido.
La expresión de Nelson, que hasta entonces había sido relajada, se ensombreció al instante, y cualquier rastro de sonrisa desapareció de sus ojos.
Ivana se frotó los ojos, ya completamente despierta, y abrió la puerta del carro para irse.
Sin embargo, Nelson no se apresuró a bajar. Simplemente bajó la ventanilla y le dijo:
—Ivana, no retes mi paciencia. No creerás que, solo porque tu madre ya salió de la operación, no tengo otras formas de controlarte, ¿o sí?
El corazón de Ivana dio un vuelco. Se detuvo y se giró para mirarlo.
Dentro del asiento del conductor, la silueta del hombre era apenas visible en la penumbra. Vestía un suéter oscuro de cuello alto que se ajustaba a su cuerpo, y sus dedos tamborileaban ligeramente sobre el volante mientras la observaba con aire despreocupado.
Nelson subió poco después, pero se dio cuenta de que Ivana no había ido a la recámara principal.
Cuando llegó a la puerta del cuarto de huéspedes y se dispuso a entrar, descubrió que estaba cerrada con llave.
Él rio con una mezcla de ira y sarcasmo.
—¿De verdad crees que esto tiene sentido? ¡Esta es mi casa!
Ivana se puso unos tapones para los oídos. No quería escucharlo, no tenía el más mínimo deseo de comunicarse con él.
El simple hecho de saber que Nelson estaba al otro lado de la puerta la hacía sentir incómoda, y por instinto se arropó con más fuerza.
Pero los golpes en la puerta no cesaron, así que al final optó por cubrirse la cabeza por completo con la cobija.
Poco después, la puerta se abrió. Nelson tenía la llave en la mano.
Primero fue al baño a ducharse. Cuando salió, vio que Ivana seguía en la misma posición, acurrucada al borde de la cama.

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