Nelson soltó una risa repentina, cargada de autodesprecio.
Su mirada se perdió a través de la ventana, como si se hubiera posado en un punto de luz inexistente.
Un momento después, giró el cigarro que sostenía y se lo apretó contra el brazo con la punta encendida.
Federico se sobresaltó y le quitó el cigarro de un manotazo.
—¿Qué estás haciendo? ¿Otra vez con tus mañas? —le reclamó.
El siempre despreocupado Federico, esta vez, se puso completamente serio.
Nelson no hizo nada más. Solo quería experimentar ese dolor agudo. Parecía que solo así podía calmar la agitación y la ansiedad que se revolvían en su pecho.
En ese momento, el gerente del hotel llegó corriendo y se deshizo en disculpas:
—De verdad lo siento, señor Zavala. ¡Qué terrible que su esposa haya pasado por este susto! Jamás imaginamos que ocurriría un accidente así en nuestro hotel. ¡Realmente fue una negligencia de nuestra parte!
»¿Cómo se encuentra su señora? Cualquier cosa que necesite, cooperaremos en todo lo posible.
Federico, sabiendo que Nelson no estaba de humor para lidiar con eso, se llevó al gerente para discutir el «accidente» con su pericia profesional.
Cuando Ivana salió, Nelson la guio hacia la salida VIP y se marcharon.
Una vez en el carro, ninguno de los dos dijo una palabra.
La noche les cayó encima pesada, como si la ciudad entera se hubiera quedado sin aire. El vehículo no tardó en detenerse frente a su nueva casa.
Ivana, agotada, subió al segundo piso y prácticamente se desplomó en la cama para dormir.
Nelson la siguió a la habitación. Ya se había quitado el saco y tenía las mangas de la camisa arremangadas hasta los antebrazos.
Se sentó en el borde de la cama, observando a Ivana, que le daba la espalda.
Notó que, aunque su respiración se volvía más regular, sus hombros seguían tensos.
Era Adán.
—Ese baño ya era viejo, por eso la cerradura estaba rota. La empleada seguramente no vio el letrero de mantenimiento y por eso llevó a Ivana allí.
»En cuanto a la serpiente, este es un resort con aguas termales, así que es normal que atraiga a esos animales, sobre todo ahora que ha bajado la temperatura. Lo que nunca había pasado es que apareciera una tan grande. Fue pura mala suerte que ocurriera este accidente.
Nelson frunció ligeramente el ceño.
—¿No lo captaron las cámaras?
—Tú mismo lo viste cuando llegaste —continuó la voz al otro lado de la línea—. El pasillo es muy oscuro. Y en cuanto al interior, ¿quién pondría cámaras en un baño de mujeres? Así que tampoco se grabó cómo entró la serpiente.
Nelson guardó silencio por un momento y luego preguntó con un tono ambiguo:
—¿Eso es todo?

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