Nelson, que ya tenía el ceño fruncido, sintió que los lloriqueos le estaban destrozando los nervios.
El niño lloraba a mares, casi sin aliento, y entre sollozos lo miraba de reojo. Sus ojitos empapados en lágrimas reflejaban una profunda tristeza, como si rogara un poco de consuelo.
Nelson dejó escapar un largo suspiro, se acercó lentamente y se agachó a su altura.
—Ya no llores, que eres un niño grande. Además, ya que estás aquí, puedes jugar un rato antes de volver al hospital.
Pero el pequeño no dejaba de sollozar, y su cuerpecito temblaba con cada hipo.
Nelson se sintió impotente. Él no tenía la menor idea de cómo tratar con niños.
En toda su vida, a la única persona que había consentido y mimado como a una niña era a una sola mujer.
De pronto, su mirada se posó en la mesa y recordó un pequeño truco de magia que había practicado hace tiempo.
Aunque llevaba mucho sin hacerlo, todavía recordaba los movimientos básicos.
—¡Mira esto!
El niño se quedó quieto por un segundo, su llanto disminuyó y levantó la cabeza, confundido.
Nelson extendió su mano derecha con la palma abierta, mostrando que estaba completamente vacía.
Luego, hizo un movimiento rápido detrás de la oreja del niño, cerró el puño y se lo acercó, preguntando: —Adivina qué tengo aquí.
El pequeño quedó maravillado, dejó de llorar casi por completo y parpadeó con sus grandes ojos, totalmente cautivado.
—¡Mira!
Nelson abrió la palma de su mano de golpe, revelando un delicioso dulce de leche.
Era un caramelo que había tomado de la mesa cuando nadie lo veía.
—¡Guau!
El niño soltó una exclamación de alegría, olvidándose por completo del llanto.
Nelson por fin respiró aliviado y le entregó el dulce.
A su lado, Yadira acarició la mejilla de su hijo con una sonrisa llena de ternura.
Tocó la puerta varias veces hasta que, por fin, se abrió.
A través de la rendija, solo se asomaba la mitad del rostro de Ivana.
Nelson la miró con cierta sorpresa. Ella siempre prefería un maquillaje natural y discreto, ¿por qué hoy iba tan maquillada?
Llevaba una capa de base bastante gruesa y la punta de su nariz tenía un tono rojizo muy poco natural.
Pero antes de que pudiera preguntarle si se sentía mal, Ivana se dio la vuelta rápidamente y entró a la habitación.
Nelson entró tras ella, la recorrió con la mirada y, con tono molesto, le reprochó: —¿Tanto te disgustó la ropa que te elegí?
¡El vestido que Ivana llevaba puesto no era el que él le había comprado la noche anterior!
Estaba seguro de que cuando salieron juntos esa mañana, ella lo llevaba puesto.
Y resulta que, apenas él se adelantó un poco, ¿ella no perdió el tiempo en quitárselo?
Ivana se cruzó de brazos y lo observó desde la distancia con un rostro inexpresivo. De repente, rompió el silencio: —Ese niño de Yadira... es tu hijo no reconocido, ¿verdad?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Llegas tarde: el divorcio ya está firmado