Con una mano la tomó por la cintura, sin darle la más mínima oportunidad de retroceder o arrepentirse.
A Ivana no le quedó más remedio que apoyar las manos en su pecho, pero no logró moverlo ni un milímetro; por el contrario, su propia respiración se volvió cada vez más agitada.
Se sentía confundida y nerviosa. ¡Incluso en un sueño, debería marcar su distancia con este hombre!
Pero aquel beso que recordaba como algo tímido e inexperto se había vuelto increíblemente hábil, abriéndose paso con facilidad para entrelazarse con ella en una danza apasionada.
El hombre conocía a la perfección cada punto sensible de su cuerpo.
Ivana, que ya estaba empezando a recuperar la cordura, de pronto sintió que las piernas le flaqueaban. El poco pudor que le quedaba amenazaba con derrumbarse, dejando solo a las hormonas gritando descontroladas en el silencio de la mañana.
A sus veintitantos años, en la flor de la juventud y con sus necesidades a flor de piel, ¿no era normal dejarse llevar un poco?
Quizás convencida por su propia lógica, Ivana fue cediendo, y su cuerpo comenzó a responder de manera instintiva.
Sentía como si estuviera sumergida en agua tibia; todos sus sentidos se magnificaron, e incluso encogió los dedos de los pies ante la oleada de placer.
Su respuesta pareció encender aún más el calor del hombre. Deslizó la mano por debajo del pijama, acariciando la piel expuesta hasta llegar a su pecho.
En algún momento, los pijamas de ambos habían quedado desabrochados.
El aliento cálido que rozaba su piel le provocó un escalofrío de pies a cabeza.
En la habitación, antes silenciosa, comenzaron a escucharse jadeos entrecortados.
—Ivana...
El hombre susurró su nombre, le sujetó los tobillos y se acomodó sobre ella.
Justo cuando ambos estaban perdidos en el deseo, el timbre de la puerta principal empezó a sonar.
Ivana juntó las piernas de inmediato y murmuró suavemente:
—¡Alguien llegó!
Pero a Nelson no le importó en lo absoluto y le mordisqueó el cuello con suavidad.
—Estamos en Villa Nevada, nadie nos va a molestar.
¡Ding dong! ¡Ding dong! El timbre seguía sonando sin parar.
—¡Lárgate! ¡Nelson, no me toques!
En la voz de Ivana ya no quedaba ni rastro de la dulzura de hace un momento. Solo había una frialdad cortante, más helada que la nieve que había caído durante toda la noche.
El rubor en el rostro de Nelson desapareció de inmediato, reemplazado por una palidez tensa. Se sentó de golpe, con un tono ensombrecido.
—¿Tanto me detestas ahora?
¡De no haber sido por el ambiente íntimo de la mañana, ella ya lo habría sacado de la cama de una patada!
Ivana se envolvió en las cobijas y le lanzó una sonrisa burlona.
—¡Mejor apúrate y ve a abrir la puerta! Si pasas por este tipo de sustos un par de veces más, ¡me temo que vas a terminar con problemas para que se te levante!
¡Ese comentario golpeó directamente en el orgullo de cualquier hombre!
El rostro de Nelson se oscureció por completo, furioso.
—¿Quieres repetir eso? Ivana, no me provoques en momentos como este. Si no dejas que te toque, ¡créeme que sobran las mujeres allá afuera esperando por mí!

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