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Llegas tarde: el divorcio ya está firmado romance Capítulo 272

Ivana sabía perfectamente que Nelson había malinterpretado lo del celular destruido. Creía que ella se traía un romance a escondidas.

Jamás le revelaría los secretos que guardaba ese teléfono.

Pero, aun si le hubiera sido infiel, ¿y qué?

¿Acaso él era el único con derecho a equivocarse mientras ella debía ser una santa?

Si esa era la manera de hacerle sentir el ardor de la duda y la traición, ¡entonces le parecía perfecto!

Ojalá se convirtiera en el mismo idiota engañado y lastimado que había sido ella.

Esa noche, Nelson no volvió a dormir a casa.

Ivana sintió un inmenso alivio. Abrazó a su perrito Moneda, que ya había sido revisado en el veterinario, y durmió de maravilla.

***

El seis de enero, finalmente le daban el alta a su mamá.

Ivana compró un hermoso ramo de girasoles y se dirigió al hospital.

La brisa de principios de año aún conservaba un toque helado.

Cuando llegó a la habitación, su madre ya se había puesto ropa de calle.

Tras haber pasado más de medio año internada, Mariana había perdido bastante peso. Su ropa habitual le quedaba holgada, acentuando su figura frágil.

Horacio también había llegado temprano y ya estaba guardando las cosas en las maletas.

Emilio estaba ahí, aprovechando sus vacaciones escolares.

—¡Ivana, ya llegaste! —la saludó Horacio con una cálida sonrisa, mientras tomaba dos maletas para bajarlas por adelantado.

Mariana asomó la mirada detrás de Ivana.

—¿Nelson no vino contigo?

Ivana soltó la excusa universal sin titubear.

—¡Tenía una cirugía programada y no pudo escaparse!

Era lo mejor. Así se ahorraba el teatro de la pareja feliz frente a su madre.

Pero ahora, al ver las arrugas de felicidad alrededor de los ojos de su madre...

Lo entendió de golpe. Había vacíos que solo una pareja podía llenar; los hijos jamás podrían ocupar ese lugar.

Los cuatro encajaban perfectamente en el auto. Aprovechando el cálido sol del mediodía, regresaron al vecindario.

La llave giró en la cerradura y, apenas se abrió la puerta, un gato atigrado y regordete salió maullando y se enredó en las piernas de Mariana.

—¡Pero qué gordito te has puesto!

Su madre se inclinó y lo levantó en brazos.

El gato se acurrucó dócilmente en su pecho, meciendo su cola peluda de un lado a otro.

Pero cuando el felino notó la presencia de Ivana en la entrada, arqueó el lomo de inmediato y le bufó, adoptando una postura defensiva. Claramente rechazaba el olor extraño que ella traía.

Ivana se sintió un poco incómoda y se apresuró a explicar:

—¡Debe ser porque hace poco adopté a un perrito, por eso no le agrado!

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