Al escuchar ese nombre con el que se había identificado durante más de una década, un escalofrío le recorrió el cuerpo a Ivana, dejándola completamente paralizada.
El hombre de mediana edad que estaba en la puerta la observó de arriba a abajo por un momento y luego le sonrió antes de continuar:
—Ivana, ¿acaso ya no te acuerdas del señor Dimas?
El señor Dimas...
Ivana lo miró con más detenimiento; en efecto, su rostro le resultaba familiar, pero lo que más sentía era un pánico que no lograba sacudirse.
Llevaba muchos años sin pisar Estival, y aunque se había preparado mentalmente para la posibilidad de toparse con algún viejo conocido, ¡nunca imaginó que pasaría tan rápido!
Hidalgo, al ver la situación, se levantó de prisa para intervenir.
—Ignacio, ¿conoces a nuestra Ivana?
—Claro que sí. Yo trabajaba para su papá. Todos los años, en las fiestas de Fin de Año, él la traía junto con su madre al pueblo. ¡Prácticamente la vi crecer! Una lástima que no la volviera a ver desde que su padre falleció de cáncer.
—¿Su padre era de por aquí? ¿Quién era?
—¡Domingo Dimas!
—¡Ah! ¡Creo que alguna vez lo llegué a conocer!
Escuchar el nombre de su padre de manera tan repentina hizo que a Ivana se le helara la sangre en las venas. Tuvo que hacer un esfuerzo monumental para reprimir la náusea que le provocaba la situación.
Ignacio Dimas aprovechó la oportunidad para sentarse justo al lado de Ivana, con una mirada llena de nostalgia fingida.
—Fui uno de los empleados más leales de tu padre, ¡trabajé bajo su mando durante mucho tiempo!
»Pero mírate, Ivana, de verdad que te pusiste muy hermosa con los años. ¡En aquel entonces no eras más que una niña! ¡Quién diría que te convertirías en una mujer tan atractiva!
Mantenía una sonrisa relajada, pero su tono de voz llevaba esa pesadez y ese coqueteo desagradable tan típico de algunos hombres de su edad.
Ivana poco a poco fue recordando quién era este sujeto. Sí, había sido empleado de su padre.
—Señor Dimas, de verdad ha pasado mucho tiempo. ¡Salud!
Ignacio estiró la mano de golpe y le sujetó la muñeca. Su ropa apestaba a tabaco.
—Ivana, eres una señorita, ¡no te exijas de más! ¡Con que tomes un traguito es suficiente!
Ivana sintió el contacto como si le hubieran puesto una plancha caliente en la piel. Retiró la mano de inmediato y, aprovechando el movimiento, dio un pequeño sorbo. El licor barato le rasgó la garganta y le bajó ardiendo hasta el estómago.
Ignacio también bebió y luego bromeó:
—¡Vaya que saliste a tu padre, Ivana! ¡Tienes muy buen aguante! ¡Seguro que él estaría muy orgulloso de verte ahora!
Afortunadamente, no siguieron presionándola a ella, sino que enfocaron sus esfuerzos en emborrachar a Hidalgo.
Por suerte, no pasó mucho tiempo antes de que llegaran los demás empleados de la empresa.

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