En una casa de dos pisos bastante moderna.
Hugo arrojó el teléfono a un lado y siguió dando la última calada a su cigarrillo, con la mirada perdida, pensando en quién sabe qué.
Esa casa era uno de sus refugios habituales, donde él y sus cómplices se reunían a beber.
—Veinte millones... ¿Podrá conseguirlos? ¿No nos estará engañando?
A su lado estaba Isaac, uno de sus hombres. Tenía más de treinta años y lo seguía desde que abandonó la secundaria.
Hugo era joven, pero bastante astuto. Aunque en el fondo también estaba preocupado, no podía mostrar debilidad frente a sus subordinados.
—Descuida, no se atreverá. Tenemos su punto débil y bastantes fotos. Esa gente de ciudad que cuida tanto las apariencias, teme más a los escándalos.
—Se dice que el esposo con el que se casó tiene mucho dinero, que viven en una gran mansión y hasta tienen sirvientas. ¡Seguro que puede sacar veinte millones!
Isaac asintió repetidamente.
—Con razón no habíamos sabido de ella en tantos años, ¡se consiguió a un rico para darse la gran vida! ¡Su padre sí que nos arruinó en el pasado!
Otro de los hombres escupió con rabia.
—Esos cinco millones seguro los escondieron ellas dos. ¡Maldición! ¡De no ser porque la policía llegó tan rápido, yo mismo habría hecho que soltaran la sopa!
Lo peor de todo era que, en estos años, a ninguno de ellos le había ido bien; todos los negocios les salían mal.
Hace unos años intentaron ir a la gran ciudad, pero allá era peor.
Sin contactos ni estudios, quisieron vivir de estafas y robos, pero había cámaras de seguridad por todas partes.
¡Hasta un don nadie que antes despreciaban se había hecho rico este año haciendo negocios!
Pero la suerte cambia, ¡y ya era hora de que les tocara a ellos!
—Deja de pensar con lo que tienes entre las piernas. ¡Queremos dinero!
—¡Si armamos un escándalo o alguien sale muerto, la policía nos caerá encima! ¡Solo nos traerá problemas!
—Ya le advertí que no llame a la policía, o de lo contrario, si atrapan a cualquiera de nosotros, ¡publicaremos todas sus fotos íntimas y las de su madre!
Hizo una pausa y bajó la voz.
—Aun así, hay que estar preparados. ¡Si esa mujer intenta hacerse la lista, no tendremos piedad con ella!
El otro hombre se levantó, sacudiéndose el polvo de los pantalones.
—Tranquilo, es solo una niñita. ¿Acaso unos hombres hechos y derechos le van a tener miedo?
—Si se pone difícil, podemos seguirla y descubrir dónde trabaja su esposo. ¡A ver si no les importa pasar vergüenza!

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