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Llegas tarde: el divorcio ya está firmado romance Capítulo 331

Cuando el auto llegó al hospital, Ivana no tenía la más mínima intención de entrar.

Lionel sacó una lonchera térmica.

—Señora, no ha cenado nada y debe tener hambre. ¡Coma un poco para asentar el estómago!

Ivana lo observó desplegar la mesita del auto y colocar los platos uno por uno. Era comida ligera y reconfortante, perfecta para cuidar la digestión, ¡y aún estaba caliente!

No tenía idea de en qué momento Nelson había preparado todo eso.

¿Tanta confianza tenía en que ella volvería con él? ¿O simplemente estaba convencido de que jamás podría escapar de sus garras?

Ivana se obligó a dar un par de bocados, pero el apetito la abandonó por completo.

Lionel la esperó pacientemente en el asiento del conductor y, al ver que había terminado, se acercó a recoger todo.

—Señora, cuando regrese a casa, es probable que escuche muchos rumores. ¡Incluso la señora Zavala podría llamarla para hablar!

Nelson había pasado los últimos días buscándola por todas partes sin ocultar sus movimientos, por lo que era evidente que la gente ya estaba enterada.

Si se corría la voz de que la esposa de Nelson se había fugado, ¿qué pensaría todo el mundo?

Aquel sujeto, Hugo, tenía razón en una cosa: ¡a los ricos les importaba demasiado el qué dirán y las apariencias!

Solo de pensar en esa tal Daniela, Ivana frunció el ceño.

Poco después, por el rabillo del ojo, notó que alguien se acercaba desde la entrada del hospital y, por puro instinto, cerró los ojos.

¡No tenía la menor idea de cómo mirar a ese hombre a la cara!

Como era de esperarse, la puerta del auto se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de viento helado.

Ivana se encogió contra la ventana, tratando de hacerse pequeña.

La puerta se cerró de nuevo y un silencio sepulcral inundó el vehículo.

Aunque mantenía los ojos cerrados, no tardó en escuchar un jadeo peculiar que la obligó a abrirlos.

¡Nelson había traído a Sifang al auto!

El perrito olfateó el aire y se acercó a ella con timidez.

Una pequeña sonrisa asomó por fin en el rostro de Ivana, quien extendió los brazos para acomodarlo en su regazo.

Cuando el auto se puso en marcha, ella apoyó la barbilla suavemente sobre la peluda cabecita de su mascota.

Sifang sacó su lengua rosada, le lamió la mejilla y soltó un leve gemido.

—Aún no me has dicho qué hacías sola en Estival todos estos días.

—Me parece perfecto. Recuerda tus propias palabras: la próxima vez que salgas de viaje, avísame.

Al mismo tiempo, le devolvió al perro.

Ivana lo recibió de inmediato y se concentró en acariciar su pelaje suave y brillante, sin atreverse a mirarlo de nuevo.

Al ver su actitud hermética y distante, a Nelson le palpitaron las sienes de frustración.

El auto avanzó a toda velocidad, pero en lugar de tomar la autopista, se desvió hacia un amplio terreno despejado.

Justo en ese momento, un helicóptero privado aterrizó en el helipuerto improvisado.

El ensordecedor rugido de las hélices levantó una fuerte ráfaga de viento que alborotó el largo cabello de Ivana.

Nelson la protegió con su cuerpo mientras ambos, junto con el perro, subían a la cabina.

Al cerrarse la puerta, aquel día caótico y abrumador, así como la ciudad de Estival que alguna vez conoció tan bien, quedaron completamente aislados en el exterior.

Para sorpresa de Ivana, ¡Yadira no los había acompañado!

El helicóptero era increíblemente rápido. A ella le había tomado varios transbordos viajar de Corvila a Estival, pero en menos de media hora ya estaban de regreso.

Al bajar, tomaron otro auto y finalmente llegaron a la mansión que compartían desde que se casaron.

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