Yadira se quedó atónita. ¿Qué significaba eso?
¿Podía ver a cualquier otra persona menos a ella?
Yadira se negó a creerlo y de inmediato llamó a Nelson por teléfono, pero nadie contestó.
Así que optó por quedarse en la puerta y empezó a gritar: "¡Nelson, soy yo! ¡Déjame pasar!".
El otro guardaespaldas también se acercó: "Srta. Dimas, esto es un hospital y no se puede gritar. ¡Si sigue comportándose así, nos veremos obligados a escoltarla hacia la salida!".
"¡Ustedes...!" Yadira estaba furiosa, pero por más que intentaba abrirse paso, los dos hombres le bloqueaban la entrada firmemente.
Un momento después, se calmó, miró de reojo la puerta cerrada y les dijo a los guardaespaldas:
"Está bien. Por favor, denle un mensaje de mi parte. ¡Díganle que lo estaré esperando en la azotea del último piso del hospital!".
Dicho esto, Yadira no miró a nadie más; dio media vuelta, tomó el ascensor y subió directo a la azotea.
El suelo de concreto del lugar se veía de un gris pálido, y como era un día nublado, no había ni un solo rayo de sol.
Ese espacio estaba aislado del bullicio y del sufrimiento que había en los pisos inferiores; solo quedaba el frío, el silencio y el vacío, como si fuera un rincón momentáneamente olvidado por el mundo.
¡Nelson seguro iba a ir!
Ella estaba convencida.
¡Porque ese lugar era demasiado simbólico!
Una hora después, Yadira escuchó unos pasos detrás de ella, tal como lo había anticipado.
Se dio la vuelta y, con la voz un poco áspera, le dijo: "¡Viniste!".
Nelson frunció levemente el ceño y habló con evidente impaciencia: "Ya llevas un tiempo en el país y tu situación se ha estabilizado. De ahora en adelante, ven menos por aquí. ¡Cualquier cosa que necesites, dile directamente a Joel!".

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