La expresión de Mía Jiménez seguía siendo elegante y desenvuelta, e incluso miró a Mariana con un atisbo de lástima en los ojos.
—Acéptalo de una vez. La ganadora de antes fui yo, y la ganadora de ahora sigo siendo yo. Hay que mirar hacia adelante, por eso insisto en que nuestras rencillas ya deberían quedar en el olvido.
Dicho esto, le acercó la otra taza de café.
Sus dedos eran largos y de una blancura inmaculada, sin el menor rastro de haber sido castigados por el trabajo duro o los quehaceres del hogar.
¿Cómo se atrevía a decir que lo dejaran en el olvido?
¡Aquellas palabras eran una vil provocación!
Mariana sonrió con ironía:
—¡Tú y Domingo Dimas sí que tal para cual! Igual de sinvergüenzas, igual de despreciables.
Mía negó con la cabeza.
—Se nota que sigues envenenada por el odio, con razón te ves tan acabada. Así como estás, solo serás una carga para tu hija. Si el día de mañana se mete en problemas, ¿qué podrías ofrecerle tú, como su madre?
Mariana podía tolerar cualquier insulto hacia ella, pero en cuanto Mía mencionó a su hija, sintió que se le erizaba la piel.
—¡A mi hija la protejo yo!
Mía la miró con una expresión extraña, y una sonrisa ladeada se dibujó en sus labios.
—Seguro hay algo que no sabes, ¿verdad? La realidad es que tu hija hace tiempo que quiere divorciarse de Nelson Zavala, ¡pero no lo hace por tu enfermedad! ¿Apostamos a que todavía no se ha atrevido a decírtelo?
Mariana se sobresaltó.
—¿Qué dices?
Mía continuó sin piedad:
—Salvo cuando está frente a ti, Nelson no trata nada bien a tu hija, nunca la ha respetado. Tu hija ya no lo soporta, ¡por supuesto que quiere el divorcio!
La mirada de Mariana vaciló al recordar lo delgada que estaba Ivana últimamente, y su comportamiento tan extraño.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Llegas tarde: el divorcio ya está firmado