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Llegas tarde: el divorcio ya está firmado romance Capítulo 399

Silverio contempló la enorme mancha de vino en su ropa, totalmente mudo. Sin embargo, no le quedó más remedio que seguir a uno de los meseros hacia una habitación de invitados para cambiarse.

En cuanto se fue, Nelson se sintió profundamente aliviado.

Ivana rodó los ojos, pensando que él era increíblemente inmaduro.

—¿Podrías dejar de actuar como una mosca de la que no me puedo deshacer?

Lejos de enfadarse, Nelson intentó consolarla.

—No te insultes así. Si yo soy la mosca, ¿qué se supone que eres tú si me la paso rondándote todo el día?

Ivana le lanzó una mirada fulminante. Estaba a punto de decir que era mie... pero se contuvo.

Afortunadamente, a la fiesta había asistido mucha gente y Nelson estaba muy solicitado. Enseguida, la gente de su abuela lo llamó.

Doña Daniela lucía un vestido de gala largo, extremadamente elegante y de corte clásico. No era de una marca de lujo reconocida, sino una obra maestra de doble vista, bordada a mano por un artesano, a quien le había tomado un año entero confeccionarlo puntada a puntada.

Las elegantes magnolias en el dobladillo parecían tener vida propia; era una prenda que, aunque sobria, derrochaba una riqueza imponente.

A pesar de su avanzada edad, Doña Daniela mantenía una postura impecable, sentada con la espalda completamente recta.

En ese momento, conversaba con un caballero mayor, de edad similar y ataviado con gran refinamiento.

Yadira, de pie junto a la anciana, la atendía con esmero. Llevaba una sonrisa sutil en los labios, pero esa alegría no le llegaba a los ojos. De vez en cuando, miraba de reojo el rincón donde Nelson e Ivana acababan de estar hablando.

—Doña Daniela, pruebe este caldo. ¡Está a la temperatura perfecta!

Con extremo cuidado, Yadira colocó el plato humeante sobre la mesita junto a la anciana y lo removió con una cuchara de porcelana sin hacer el más mínimo ruido.

Después, tomó con naturalidad una servilleta de tela y la dejó al alcance de su mano.

Durante los últimos días, había visitado frecuentemente la residencia de los Zavala para cuidar a la anciana, por lo que sabía que las personas de su edad solían comer porciones pequeñas y frecuentes.

Por eso, ¡incluso en medio del banquete, se había asegurado de prepararle este caldo especial!

En el rostro de Doña Daniela se dibujó una inusual sonrisa.

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