Nelson se quedó mudo, congelado en su sitio.
Ivana no le prestó más atención. Tomó los documentos y esquivó al hombre que le estorbaba el paso.
Luego caminó hacia la planta baja sin siquiera mirarlo, tratándolo como si fuera invisible.
Nelson la vio alejarse. Quiso ir tras ella, pero no sabía qué decirle.
De pronto, fingió ver algo en la alfombra y alzó la voz:
—¡Cuidado! ¿Qué es eso que está junto a tu pie? ¡Es una araña enorme!
Ivana dio un respingo por el susto y, por puro reflejo, saltó hacia él, aferrándose a su brazo mientras miraba aterrorizada hacia el suelo.
—¡¿Dónde?!
Nelson la miró con expresión neutra al ver que ella misma se había aferrado a él.
—Creo que vi mal.
Ivana parpadeó confundida un segundo antes de darse cuenta de que se había burlado de ella.
Le lanzó una mirada fulminante.
—¡Eres un inmaduro! ¡Patético!
Tras soltarle esas palabras, bajó las escaleras sin mirar atrás.
Solo cuando el sonido de sus pasos desapareció, la sonrisa en el rostro de Nelson se desvaneció.
Soltó un gemido ahogado. El dolor de las quemaduras en su espalda se intensificó de golpe y un sudor frío le empapó la camisa al instante.
Intentó apoyarse en el marco de la puerta, pero de repente el mundo le dio vueltas y se desplomó pesadamente en el suelo.
Leandra, que justo subía a llevar pijamas limpios, lo vio caer y corrió hacia él, aterrorizada.
—¡Señor! ¡Señor Zavala! ¿Qué le pasa?
Rápidamente, llamó al chofer para que la ayudara y pidió una ambulancia. Lo llevaron de urgencia al hospital.
Ivana, que salía del estudio, escuchó el motor del auto, pero pensó que Nelson se había ido furioso por su discusión y no le dio mayor importancia.
A la mañana siguiente, Ivana seguía ocupada trabajando en la sala.

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