Mientras lo regañaba, intentó revisar las heridas de Nelson.
—Tu esposa está enferma en casa, y tú, como si nada, te vas de fiesta.
—Ya llevan bastante tiempo casados. Cuando ella se recupere, deberían pensar en tener un hijo. Ella siempre ha querido uno, ¿no? ¡Ya es hora de que sientes cabeza!
Nelson, escuchando las quejas interminables de su madre, sintió que llegaba al límite de su paciencia.
—Si tanta prisa tienen por un bebé, ténganlo ustedes. ¿Por qué me presionan a mí? De todos modos, yo solo pienso tener uno; no me importa si es inteligente o tonto, ni si tiene éxito o no. ¡Así la familia no tendrá excusas para mostrar favoritismos!
Sus palabras fueron insolentes.
Petrona se quedó sin habla de pura rabia.
—Tú... con esas indirectas, ¿a quién te refieres?
—¡Suficiente, ya no digan más!
Mauro sintió que le dolía la cabeza. Cada vez que madre e hijo se encontraban, terminaban peleando.
Se interpuso entre ambos y miró a su esposa, que seguía fúrica.
—Ve a esperarme al auto, necesito hablar con él.
Petrona les lanzó una mirada fulminante a los dos, sintiendo que todo en ellos le causaba disgusto, y finalmente se alejó.
Mauro se giró hacia su hijo, y en su mirada, además de la autoridad de padre, había algo de preocupación.
Especialmente cuando sus ojos se detuvieron en las vendas que asomaban por el cuello de Nelson.
—¿Aún te duele la herida?
Nelson desvió la mirada.
—No me voy a morir.
Mauro ignoró su actitud y le dio unas suaves palmadas en el hombro.
—Nelson, deja las cosas como están.
La frase parecía no tener sentido, pero Nelson la entendió a la perfección, y su rostro se ensombreció aún más.

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