¡Era Nelson Zavala!
Nelson era evidentemente un cliente VIP del lugar. Al verlo, el gerente cambió de inmediato a una expresión de profunda reverencia:
—¡Señor Zavala, buenas tardes!
Nelson se detuvo, paseó la mirada por el rostro de Fabio y lo reconoció al instante; después de todo, lo había visto antes con Ivana.
—¿Quieres entrar?
Fabio, por supuesto, también lo reconoció y asintió.
—Quiero echar un vistazo a la zona de los camerinos.
Nelson guardó silencio un par de segundos, luego miró al gerente.
—Es amigo mío. Ya estábamos de acuerdo, déjelo pasar.
El gerente parpadeó sorprendido, pero asintió enseguida.
—Por supuesto, señor Zavala.
¿Qué más podía hacer si era amigo del dueño?
—Gracias.
Fabio asintió hacia Nelson, aunque sus ojos no mostraban ni una pizca de gratitud, y se dio la vuelta para caminar hacia el camerino.
Nelson clavó la mirada en esa dirección y, sorprendentemente, lo siguió.
Al abrir la puerta del camerino, un olor a humedad y encierro los golpeó.
Parecía que el lugar había sido abandonado; ya no había ropa ni accesorios.
Solo quedaban unos enormes percheros demasiado pesados para mover, junto a unos grandes espejos frente al tocador.
Fabio notó la gruesa capa de polvo. Fiel a su instinto profesional, sacó unos guantes y cubre zapatos de su bolsillo, se los puso y entró.
Nelson entró detrás de él.
Fabio lo miró de reojo. Recordó la conversación con Ivana en la cafetería sobre los detalles del caso y soltó con tono sarcástico:
—Me sorprende bastante que, en su propia boda, un esposo decida no creerle a su esposa, ¡pero sí a su exnovia!
El rostro de Nelson se tensó y, sin dejarse intimidar, respondió:
—A mí me sorprende que un policía no crea en la justicia y prefiera tragarse la versión de una de las partes.

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