Tras colgar con su madre, Yadira se quedó recargada en el asiento del conductor, mirando por la ventana.
La noche había caído por completo y las luces de la calle estaban encendidas, lo que hacía que el ambiente se sintiera aún más solitario y vacío.
Aunque confiaba plenamente en el juicio de su madre, sentía una opresión insoportable en el pecho; esa sensación de peligro inminente la estaba asfixiando.
¡De pronto, sintió una necesidad inmensa de ver a su hijo!
Él era su único ancla en el mundo y el único que podía darle un poco de consuelo real.
Yadira giró el volante de inmediato y se dirigió hacia la Calle de San Rafael.
Como se trataba de un hospital privado de alta seguridad, los pasillos estaban en absoluto silencio.
Yadira caminó con paso seguro hacia la habitación de Jaime y, al ver que la luz seguía encendida, estuvo a punto de empujar la puerta, pero se detuvo en seco.
A través del cristal, vio la silueta de un hombre alto de espaldas, parado junto a la cama.
¡Y no era Nelson!
Pero sí lo conocía: ¡era Federico Ochoa!
Federico siempre había sido un tipo despreocupado, famoso en los juzgados por su lengua venenosa, y siempre andaba con actitud de galán conquistador.
¿Qué demonios hacía él ahí visitando a Jaime?
Yadira frunció el ceño y prefirió observar antes de entrar. Se dio cuenta de que Federico tenía en las manos unas pequeñas tijeras médicas; estaba inclinado sobre Jaime, manipulando algo con muchísimo cuidado en su cabeza.
El niño parecía estar profundamente dormido, ajeno a todo.
—¿Qué estás haciendo?
Yadira abrió la puerta de golpe.
Federico dio un respingo. Ocultó rápidamente las tijeras y lo que sea que tenía en la otra mano, y se dio la vuelta.
Al ver a Yadira, se quedó paralizado por una fracción de segundo, soltando sin pensar:
—¿Qué haces aquí? ¿No habías dicho que no...?
Pero se recompuso casi de inmediato. La alarma en su rostro se esfumó y la reemplazó con su habitual sonrisa cínica y relajada.


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