Las puertas automáticas se deslizaron hacia los lados y Nelson ya había puesto un pie afuera.
¡Zas! Las llaves de su auto resbalaron repentinamente de su mano temblorosa y una enfermera que pasaba apurada, de una patada accidental, las lanzó hacia el interior del hospital.
Nelson apretó los labios; no le quedó más remedio que regresar y agacharse para recogerlas.
El llavero cayó boca arriba y dejó a la vista la fotografía. Era un retrato de él y de su hermano, tomado durante un Fin de Año en que ambos aún eran adolescentes.
Sin pensarlo, Nelson pasó la yema del pulgar sobre el polvo que cubría la foto, mientras una oleada de impotencia y cansancio lo invadía de nuevo.
Justo cuando se enderezaba, su mirada se posó por accidente en la esquina frente a él.
Era el pasillo de emergencias. El personal médico empujaba apresuradamente la camilla, doblando en dirección a la zona interna del hospital.
De repente, como si algo la hubiera magnetizado, la mirada de Nelson se quedó fija, sin pestañear, en el borde de la camilla.
Una mano pálida y delgada colgaba por un lado, balanceándose suavemente con los movimientos de la camilla.
En la parte interna de esa muñeca, atravesaba una cicatriz de aspecto aterrador.
A simple vista se notaba que era la marca que dejaba un intento de cortarse las venas.
El cerebro de Nelson pareció estallar. Sintió que se desplomaba en un lago de hielo.
—¡Ivana!
Un grito cargado de horror e incredulidad escapó de sus labios. Sin importarle nada, corrió hacia allá con desesperación.
—¡A un lado! ¡Quítense del camino!
Empujó a una enfermera que cargaba frascos de suero y a varios familiares de pacientes que bloqueaban su paso, desatando una lluvia de quejas e insultos, pero a él no le importaba.
Corrió como un loco hasta llegar a la camilla.
El equipo médico que estaba a su alrededor, sobresaltado por el alboroto, no alcanzó a detenerlo a tiempo.
Lo único que vieron fue a un hombre alto y corpulento avalanzarse hacia ellos para agarrar la mano que colgaba al aire. Al seguir el brazo con la mirada, él por fin logró ver el rostro de la mujer, blanco como una hoja de papel.


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