Ivana no sabía en dónde se encontraba, había oscuridad infinita por todos lados, como tinta espesa, que la iba sumergiendo poco a poco.
El silencio era aterrador, no había sonido alguno, ni luz, y hasta ella misma se sentía ingrávida.
Sin embargo, ¡qué dolor!
Esa era la única sensación en su conciencia.
Un dolor de cabeza fulminante, como si alguien le perforara frenéticamente las sienes con un taladro eléctrico, arrastrando dolor a cada hueso de su cuerpo.
Quería abrir los ojos, quería ver dónde estaba, quería huir de ese dolor.
Pero sus párpados estaban muy pesados, tanto que no podía abrirlos en absoluto.
«Despierta... Ivana...».
De forma vaga y borrosa, parecía oír algunas voces que llegaban hacia ella.
Esas voces sonaban muy angustiadas, llamándola constantemente y entre sollozos.
Al principio quería contestar, pero descubrió que no podía abrir la boca.
Así que, poco a poco, también perdió las ganas de contestar.
Porque estaba muy cansada.
¡De verdad estaba demasiado cansada!
Un agotamiento que emanaba del alma, como una cuerda tensa que de repente se afloja.
Si despertaba, tendría muchas cosas por hacer.
Por ejemplo, ese asunto del divorcio, ¡le parecía más difícil que realizar un milagro!
Pero ahora, en esta inmensa oscuridad, por fin no tendría que preocuparse por eso.
¡Qué alivio!
Un inexplicable sentimiento de ligereza la invadió.
Era como liberarse de una pesada carga, de huir de la muchedumbre y poder acostarse en una nube de manera tan cómoda y relajada.
Poco a poco, su conciencia se volvió liviana y esos dolores parecían alejarse.
Allí no había personas insoportables ni asuntos fastidiosos; estaba tan a gusto que le daban ganas de reír a carcajadas.
¡Qué así fuera! ¡Por fin podría tomarse un descanso!
...
Esa noche fue un calvario interminable para Nelson.
En aquel instante, su rostro reflejaba un agotamiento extremo, una fina capa de barba oscurecía su mandíbula y sus enrojecidos ojos seguían clavados en la puerta de la sala de cuidados intensivos.
Hasta que el oscuro cielo del exterior se tornó amarillo crepuscular, y por fin empezó a aclararse.
No solo él, Mariana también estuvo recargada en el frío respaldo de la silla sin pegar un ojo en toda la noche.
Como si con solo un parpadeo, la persona en la cama dejaría de respirar.
Por fin, cuando la luz de la mañana despuntó por completo, el médico tratante vino nuevamente a revisar a la paciente.
Cuando salió, a pesar de seguir llevando el cubrebocas, en su rostro se notaba claramente una sonrisa aliviada y reconfortante.
—Estén tranquilos, todos los signos vitales de la paciente se han estabilizado. Aunque todavía no ha despertado, ya se encuentra fuera de peligro. Ahora podemos trasladarla a una habitación regular, lo cual también facilitará su monitoreo en el futuro.
Esas palabras, para las dos personas que esperaron toda la noche, fueron como una amnistía.
El estado de tensión que Mariana mantuvo toda la noche se relajó, y sintió que las piernas le flaqueaban.
—¡Muchas gracias, doctor!
Nelson también asintió en señal de gratitud.
Tras llevar a Ivana a una habitación VIP, la situación mejoró bastante.
A pesar de que seguía postrada en silencio y con una palidez evidente, ya le habían quitado varios tubos.
Mariana seguía al pie de la cama, mirándola fijamente.
Pero al fin y al cabo, ella ya era una señora mayor, y Nelson no pudo evitar preocuparse, así que se adelantó a sugerirle.
—Suegra, vaya a dormir un rato a la sala de descanso de al lado. ¡Descuide, yo me quedaré vigilando aquí!

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Llegas tarde: el divorcio ya está firmado