Seguía acostada en la cama del hospital, sin mover un solo músculo.
Al principio, Nelson y Mariana creyeron que solo estaba muy exhausta y que su cuerpo pedía a gritos más tiempo para sanar.
Pero conforme pasaban las horas, la paciencia se transformó en un pánico irracional.
—Doctor, ¿qué está pasando? ¿No nos dijo que mi hija despertaría pronto? —preguntó Mariana, buscando al médico a cargo, con la voz rota—. ¡Todos sus análisis salieron perfectos! ¿Por qué sigue sin abrir los ojos?
El doctor, con el ceño fruncido y sosteniendo un montón de expedientes, se veía igual de frustrado.
—Es cierto que el cuerpo de la señora Basurto ya se ha recuperado.
El médico hojeó los papeles con semblante preocupado.
—Si hablamos desde un punto de vista clínico, ella ya superó la etapa crítica y debería estar consciente, pero...
Ese día, no solo estaba él en la oficina; el profe Gonzalo también había asistido, acompañado de un grupo de especialistas.
El profe Gonzalo miró a Mariana y le explicó personalmente la situación:
—Señora, antes de que usted llegara, tuvimos una junta médica. Confirmamos que el cuerpo de Ivana no tiene ningún problema. Si no ha despertado, lo más seguro es que se deba a un bloqueo psicológico.
Nelson endureció la expresión, como si de pronto entendiera todo.
—O sea que... ¿es ella misma la que no quiere despertar?
El doctor asintió, afirmando que esa era la teoría principal.
—Es un mecanismo de defensa mental. Cuando el subconsciente se enfrenta a una situación de estrés extremo y abrumador, el cerebro simplemente decide apagarse para proteger a la persona. Es como si estuviera escondiéndose.
—¿Escondiéndose? —preguntó Mariana, desesperada—. ¿Será que le duele mucho el cuerpo? ¡Seguro le duele tanto que prefiere no despertar!


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