—Ivana, perdóname... Fui yo quien te arruinó.
Nelson sintió que un frío remordimiento se le calaba en los huesos, asfixiándolo.
Había sido tan soberbio, creyéndose el juez perfecto.
¡Él mismo le había entregado el arma a los demás para que masacraran a la mujer que amaba!
¡Era el karma!
Pero, ¿por qué el karma no lo había golpeado a él en lugar de a Ivana?
Por desgracia, el tiempo no daba marcha atrás.
Cuando la puerta del auto se cerró de golpe, un silencio sepulcral reinó en el interior.
El chofer no se atrevió a preguntar cuál era el siguiente destino. Solo vio a Nelson recargar la cabeza contra el asiento trasero, haciendo un esfuerzo sobrehumano por controlar su respiración.
El sonido de su teléfono rompió la tensión. Era Leandra.
—Señor, ya encontré los frascos de medicina que pidió. Estaban en el cajón de hasta abajo del estudio de la señora. Son muchísimos, le envié una foto... —La voz de Leandra temblaba de preocupación.
Nelson abrió la imagen.
En la pantalla se veía una pila de decenas de frascos desordenados, de todos los tamaños y formas.
Había frascos que él reconocía, como los somníferos, las vitaminas y los protectores gástricos. Pero la gran mayoría eran analgésicos.
Había ibuprofeno, tramadol...
Pero lo que más le heló la sangre fueron unos frasquitos llamativos con etiquetas en idiomas extranjeros que no lograba identificar.
Y todos, absolutamente todos, estaban abiertos, lo que significaba que ella los había consumido.
¡Eso demostraba lo desesperada que estaba por calmar el dolor!
¡Y todo eso había estado pasando frente a sus narices sin que él se diera cuenta! El descubrimiento le provocó un escalofrío.

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