—Así que no me importaría en lo absoluto sacar a la luz esos viejos trapos sucios y dejar que todos se enteren.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Yadira. Su respiración se volvió temblorosa, y todas las esperanzas que tenía se hicieron añicos en un segundo.
Por primera vez, sintió verdadero terror.
Se dio cuenta de que Nelson solo había ido a verla por cortesía, para darle la oportunidad de salvar su dignidad, no para pedirle permiso.
Yadira tragó saliva, sintiendo la garganta seca como el desierto.
—Lo... lo voy a pensar —murmuró, agachando la cabeza, aferrándose al último hilo de orgullo que le quedaba.
Nelson se limitó a decir «bien», se dio la vuelta y salió de la cafetería.
Dejó a Yadira completamente sola, sentada en un rincón frío y desolado.
Solo cuando la figura del hombre desapareció por completo, ella se desplomó en la silla y sacó su celular a toda prisa.
En cuanto Mía Jiménez contestó la llamada, todo el resentimiento acumulado estalló.
Entre sollozos, le contó cada detalle de lo que acababa de ocurrir.
—¡Mamá, no sé qué hacer! Me está obligando a cerrar mis cuentas. ¿Cómo puede ser tan cruel? Si antes nosotros...
—¡Basta, Yadira, deja de llorar!
La voz de Mía cortó sus quejas de tajo, sonando sumamente decepcionada.
—Por culpa de lo que pasó hace años, siempre creímos que Nelson se sentía en deuda contigo y que apelaría al cariño de antes. Sabíamos que, si le pedías algo, él haría la vista gorda.
—Pero esta vez es diferente. Va completamente en serio.
—Ivana está grave en el hospital, y es obvio que Nelson no está en sus cabales. Cualquiera que intente provocarlo ahora, está cavando su propia tumba.
—Escúchame bien: no te atrevas a llevarle la contraria en este momento. Si lo haces, ¡va a destruirte de verdad!
Aunque Yadira sabía que su madre tenía toda la razón, las lágrimas seguían brotando de sus ojos sin parar.
—¡Pero son mis cuentas, mamá! ¡Me ha costado años levantarlas! ¡Si las borro, no podré recuperarlas nunca! ¡Si no las mantengo activas, mis seguidores se olvidarán de mí!

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