Quién sabe si fue por las palabras de Nelson, pero Ivana realmente abrió los ojos poco a poco.
Aunque su mirada aún estaba un poco desenfocada, poco a poco fue ganando claridad.
Su respiración también se estabilizó, e incluso esa capa de locura y confusión que había estado nublando sus ojos parecía haber desaparecido milagrosamente.
—¿Nelson?
Lo llamó con voz débil. Le sonaba ronca, como si le hubieran raspado la garganta con un cuchillo.
Nelson levantó la cabeza de golpe. Sus ojos inyectados en sangre se iluminaron con sorpresa y alegría.
—¿Despertaste? ¿Cómo te sientes?
Ivana quiso levantar la mano para frotarse la cabeza, pero se dio cuenta de que sus dedos temblaban sin control y de que estaba amarrada con correas de sujeción.
—¿Qué me pasó?
Sentía que había dormido durante mucho tiempo, pero su cuerpo no experimentaba la ligereza del descanso. Al contrario, estaba agotada, como si hubiera peleado cuerpo a cuerpo con alguien.
—¿Por qué no tengo fuerzas? Y me siento mareada, ¡es un malestar horrible! ¿Por qué estoy amarrada?
El rostro de Nelson se iluminó un poco más. Mientras le quitaba las correas con delicadeza, le explicó:
—Tranquila. ¡Que hayas recuperado la conciencia es una gran señal!
Ivana lo seguía mirando con total confusión.
—Pero no me has dicho qué fue lo que me pasó.
Nelson se tragó el nudo en la garganta y forzó una sonrisa cálida.
—El medicamento que estabas tomando tuvo algunas complicaciones. Como lo hemos suspendido, tu cuerpo se está adaptando. Es normal que te sientas un poco mal. Trata de aguantar un poco, el profe Gonzalo ya está buscando una solución. ¡Te recuperarás muy pronto!
Era evidente que Ivana no lograba comprender del todo, y al intentar procesar la información, sintió que la cabeza le iba a estallar.
Estaba tan débil que ni siquiera tenía energía para pensar.

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