Adán apartó su mano de un tirón; sus ojos estaban cargados de decepción.
—Al principio no estaba seguro de qué diablos había en ese frasco, pero viendo tu reacción, ¡está claro que era veneno!
»Hace cuatro años, Ivana sufrió un infierno por tu culpa. Y yo me niego a seguir cargando con ese peso. No voy a repetir el mismo error.
Yadira se quedó petrificada. Siempre creyó que Adán era su perrito faldero, un simple peón a su disposición.
Pero en ese instante, se dio cuenta de que él también había cambiado. ¡Ya no era el tonto que estaba dispuesto a protegerla ciegamente!
—¡Yadira, detente de una vez! Todo ser humano tiene un límite. Si sigues por este camino, terminarás convirtiéndote en un monstruo sin remedio.
Adán se dio la vuelta, negándose a mirarla.
—A partir de ahora, no cuentes conmigo. ¡Esto se acabó!
Yadira miró su espalda ancha y firme, y de pronto lo entendió todo.
Aquella mirada que le dirigió a través de la ventana del hospital...
¡No era lástima por Ivana, era lástima por ella!
¡Él sentía pena de ver cómo se había vuelto loca por un hombre que no la amaba!
—¿Que esto se acabó? ¡Qué fácil es decirlo! —Yadira soltó una carcajada amarga, como si acabara de escuchar el chiste más estúpido del mundo, mientras las lágrimas se acumulaban en sus ojos.
—Adán, ¿ahora resulta que eres un santo? ¿Ahora me vienes a dar lecciones de moral y límites?
Adán se tensó, con la intención de marcharse.
Pero Yadira fue más rápida. Se interpuso en su camino y lo confrontó con voz amenazante.
—¿Acaso ya se te olvidó lo que hiciste? Déjame refrescarte la memoria. ¡Hace mucho tiempo que dejaste de ser el médico intachable que pretendes ser! ¿Te crees muy limpio? ¡Tú también tienes las manos manchadas con la sangre de Ivana! ¿Con qué cara vienes a hablarme de ética profesional?

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