Nelson guardó su teléfono justo cuando vio de reojo cómo Ivana le cambiaba el nombre en sus contactos a: [Doctor Zavala].
La primera vez que intercambiaron números, hace tantos años, había sido Ivana quien, con las mejillas encendidas, le había pedido su contacto.
En aquel entonces, sus ojos brillaban con una ilusión desbordante.
Estar viviendo esa misma situación, pero a la inversa, era una experiencia casi surrealista.
Aunque su título en la vida de ella hubiera cambiado, mientras pudiera tener una excusa legítima para estar a su lado, le bastaba.
De repente, Mariana interrumpió sus pensamientos.
—Nelson... digo, doctor Zavala. Acompáñeme afuera un momento. Necesito hablar con usted.
Nelson asintió y caminó hacia la puerta.
Mariana le dio un par de indicaciones a su hija antes de salir, cerrando la puerta detrás de sí.
Apenas pusieron un pie en el pasillo, se giró hacia él, sin ocultar su irritación.
—Nelson, ¿me quieres explicar a qué estás jugando?
—Allá adentro, ¿por qué no le dijiste que eres su marido? ¿Qué es ese cuento ridículo de que eres su médico tratante?
Nelson se apoyó contra la pared, luciendo sumamente agotado. Las sombras del pasillo le cubrían el rostro, ocultando su expresión.
Cuando por fin habló, su voz sonó vacía.
—Mamá... Ivana quiere divorciarse de mí.
Era la primera vez que admitía aquello en voz alta, de frente y sin tapujos, ante Mariana.
Mariana se quedó petrificada. No esperaba que le soltara esa bomba así como así. Bajó la mirada y murmuró:
—Lo sé.
El silencio cayó pesado entre los dos.
Nelson fijó la vista en la distancia, soltó un suspiro profundo y continuó:

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