Al ver su reacción, Nelson respiró aliviado y soltó su mentira con total descaro:
—Es mi perra. ¡Se llama Lana!
Sin motivo para dudar, Ivana le creyó de inmediato.
—¡Ohh!
Antes de llevarla, Nelson la había bañado y desparasitado; estaba impecable.
Como Ivana ya había sido trasladada a una habitación regular, significaba que su sistema inmunológico estaba en condiciones óptimas, por lo que jugar con un perro no representaba ningún riesgo.
Nelson tartamudeó un poco al hablar:
—Parece que le agradas mucho. Si no te incomoda, ¡la dejo salir un rato!
Ivana no lo pensó dos veces y asintió efusivamente.
—¡Sí, por favor! ¡Amo a los animales!
Apenas salió de la transportadora, Lana corrió hacia la cama y comenzó a frotar su hocico contra la mano de Ivana, emitiendo tiernos quejidos de felicidad mientras movía la cola como si fuera a despegar.
Ivana se quedó sorprendida por un segundo, pero el entusiasmo de Lana la hizo reír a carcajadas. Extendió la mano y le acarició suavemente la cabeza.
—¡Guau, qué perrita tan buena! Pero... ¿por qué siento que me reconoce?
Nelson se apresuró a inventar una excusa.
—Es que... hace tiempo nos cruzamos en el parque cuando la estaba paseando. ¡Seguro reconoció tu olor y se acordó de ti!
—Pensé que estar sola en el hospital todo el día sería muy aburrido, así que te la traje para que te haga compañía. Es muy bien portada.
—Además, hablando desde un punto de vista médico, la compañía de animales ayuda a reducir los niveles de estrés y ansiedad. Si quieres, puedo prestártela unos días para que te distraigas.
Al ver los ojos grandes y tiernos de la perrita, Ivana aceptó fascinada:
—¡Me encantaría!
El amor de los animales siempre es el más puro y desinteresado.
—Muchas gracias, doctor Zavala. La verdad es que sí me estaba sintiendo un poco sola.
Para ella, acababa de despertar de un letargo que le había robado siete u ocho años de su vida. Todo a su alrededor le resultaba ajeno y abrumador, por lo que la compañía de esa pequeña bola de pelos le dio un consuelo que no esperaba.

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