—¡Dile que el precio subió! Si no, ¡nos echamos para atrás con el trato!
—Ah, y no se lo digas por teléfono. Ve directamente a su despacho para que no se quiera hacer la tonta. ¡Ponte firme!
Al otro lado de la línea, Andrés Luján ya no era ningún niño. Ambos hermanos venían de orígenes humildes.
En su juventud habían estado metidos en el bajo mundo y juntaron algo de plata para casarse.
El problema era que los dos eran adictos al juego. Apostaban cada vez que podían y ya se habían gastado todo lo que tenían en los casinos.
De inmediato entendió a qué se refería su hermano.
—No te preocupes, hermano, ¡voy para allá ahora mismo!
Al colgar el teléfono, Damián se recargó en la silla y por fin respiró tranquilo.
Confiaba en que su hermano entregaría el mensaje.
***
En el hospital, Yadira Dimas no se daba por vencida. Llegó de nuevo, sosteniendo una canasta de frutas finamente seleccionadas y caminó hasta el área de cuartos regulares.
Allí seguían los guardaespaldas haciendo guardia; por supuesto, no la dejaron pasar.
Pero no le importó. De todos modos, no tenía intenciones reales de visitar a Ivana.
Lo único que necesitaba era asegurarse de que los guardaespaldas le informaran a Nelson que ella había ido a verla, ¡con eso le bastaba!
Así que, tras ser rechazada en la entrada, se quejó falsamente un rato y luego se dio media vuelta.
Las frutas, por supuesto, se las llevaría a su casa para comerlas ella.
Sin embargo, no se apresuró a irse de inmediato. Momentos antes, se las había arreglado para sacarle información a las enfermeras de forma sutil, ¡y así fue como se enteró de la amnesia de Ivana!
Al fin y al cabo, ¡no era ningún secreto en el hospital!
Para Yadira, ¡eso era una noticia caída del cielo!
Que lo hubiera olvidado todo era perfecto. ¡Si se olvidaba también de Nelson, mejor aún!
Yadira soltó un bufido despectivo y caminó hacia la salida, con una sonrisa de alivio que no podía ocultar.

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