Al escucharla llamarlo "Nelson", Adán Duque se quedó helado al otro lado de la línea.
Pero, un segundo después, le preguntó:
—¿En qué bar estás?
Usando la poca lucidez que le quedaba, Yadira le envió su ubicación.
—Ya lo vi. ¡Espérame ahí, no te vayas a ningún lado!
La voz de Adán delataba su urgencia y angustia.
Sin embargo, Yadira ya no podía distinguir lo que le decían. Se aferraba al teléfono, repitiendo el nombre "Nelson" con voz lastimera y llena de reproches.
***
En ese momento, Nelson estaba sentado en su escritorio. No había ido a la oficina en días, así que tenía una montaña de documentos acumulados.
De pronto, la puerta se abrió de golpe.
Adán Duque irrumpió en la oficina y, sin saludar, soltó:
—¡Ven conmigo!
Caminó a zancadas hasta el escritorio, agarró el saco de Nelson que colgaba de la silla y se lo tiró encima.
—¿Te volviste loco? —Nelson se desconcertó, frunció el ceño y se levantó—. Estoy ocupado. ¡Y en un rato tengo que ir a ver a Ivana!
Adán no se molestó en darle explicaciones; su tono era autoritario.
—Será solo media hora. ¡No te quitará mucho tiempo, andando!
Al ver el estado de alteración de Adán, Nelson sintió un vuelco en el corazón.
Entre todos sus amigos, Adán siempre era el más pacífico, pero en ese momento, sus ojos ardían con una furia y desesperación atípicas.
Pensó que tal vez la familia Duque había sufrido algún contratiempo grave; al fin y al cabo, sabía que no estaban pasando por su mejor momento financiero.
—¿Qué diablos pasó?
La expresión de Nelson se volvió muy seria y, mientras se ponía el saco rápidamente, preguntó.
—¡Ya lo verás cuando lleguemos!
Adán lo tomó del brazo y prácticamente lo arrastró hacia la salida.
A Nelson no le quedó más remedio que seguirle el ritmo. Ambos subieron al auto de Adán.

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