¡Crack!
Se escuchó un crujido sordo.
Antes de que Nelson pudiera siquiera reaccionar, un dolor agudo punzó desde su pierna derecha, seguido de un grito de agonía mientras caía pesadamente al suelo.
Su rostro palideció al instante. Mientras se sujetaba la pierna, levantó la cabeza y miró a su madre con incredulidad.
¡Era su propia madre!
¿De verdad se había atrevido a hacerle eso?
El rostro de Petrona no mostraba ninguna emoción, y le dijo con severidad: —¡Esto es para que aprendas la lección! ¡A partir de hoy, no volverás a abusar de tu posición!
—Nelson Zavala, grábatelo bien en la cabeza: ¡mientras yo viva, no pensarás en usar el dinero de esta familia para cometer atropellos!
—¡Si vuelves a salirte del camino recto, te romperé la otra pierna para evitar que andes causando problemas por ahí!
Tras decir esto, soltó el tubo de metal, mientras la mano que le colgaba a un lado del cuerpo temblaba ligeramente.
La habitación se sumió en un silencio absoluto.
El estudiante golpeado, que al principio quería disfrutar del espectáculo, ahora estaba tan asustado que se escondió bajo las sábanas sin atreverse a soltar ni un sonido.
Afortunadamente, estaban en el hospital, por lo que Nelson fue llevado de urgencia a una sala para recibir tratamiento.
Después de que le tomaron radiografías y le pusieron yeso, se quedó solo en la cama de la habitación. Mirando el techo, sus lágrimas comenzaron a caer sin control.
No por el dolor en la pierna.
Sino por el corazón roto.
Resultaba que, en el fondo del corazón de su madre, él realmente no valía nada.
Después de eso, Nelson pasó tres meses postrado en el hospital.
Aquel muchacho al que había mandado al hospital se recuperó más rápido que él.

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