Al escuchar la historia, Nelson sintió que la sangre le hervía de pura rabia.
Yadira había estado ahí para consolarlo cuando él sentía que el mundo se le caía encima. Ahora que alguien la había hecho llorar, ¡él iba a dar la cara por ella como buen amigo!
Caminó enfurecido en la dirección de donde venía Yadira, y no tardó en encontrar al grupo de bravucones al fondo del pasillo.
Cuando reconoció al idiota que lideraba las burlas, los ojos de Nelson se abrieron de par en par y una furia incontrolable se apoderó de él.
¿Tenía que ser él otra vez?
¡Era el mismo imbécil que había hablado pestes de Nelson a sus espaldas la otra vez y al que había atrapado con las manos en la masa!
Por culpa de ese bastardo, su madre, la Académica Montenegro, le había fracturado la pierna, desatando toda esa cadena de tragedias.
Ver a ese infeliz reavivó sus viejos rencores junto con los nuevos. Caminó hacia él con pasos amenazadores.
—¡Oye, tú, quédate ahí!
El muchacho, por supuesto, reconoció al joven Nelson al instante.
Pero lejos de intimidarse, soltó una carcajada como si le estuvieran contando un chiste buenísimo. Con una actitud arrogante, miró de arriba a abajo la pierna que Petrona le había roto.
—Vaya, vaya, ¿pero si no es el mismísimo Sr. Nelson? —se burló el chico con una sonrisa maliciosa.
Subió el tono de voz a propósito para asegurarse de que todos los estudiantes que pasaban por ahí los escucharan.
—¿Qué, ya te dieron de alta? ¡Fue solo una piernita rota! ¿Por qué faltaste tantos meses, princesita?
Nelson apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos, tratando de controlar las ganas de matarlo ahí mismo.
—¡A ti qué te importa! Mejor preocúpate por tus propios asuntos. ¿Fuiste tú el que hizo llorar a Yadira hace un momento?
—¿Yadira? ¡Ah, hablas de la bastarda! Sí, yo la hice llorar. ¡Y se lo tiene bien merecido por ser una hija ilegítima!
El rostro de Nelson se oscureció de forma aterradora.
Pero el bravucón dio un paso hacia él, envalentonado, y continuó provocándolo:

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