Tres años después.
Frente a la entrada del prestigioso laboratorio médico de la Universidad La Concordia, Fabián esperaba de pie, impecable en su traje a la medida y con una postura firme. En sus brazos sostenía a su hijo de tres años, Bernardo Ortega.
El pequeño tenía los ojos redondos luchando contra el sueño y sus mejillas regordetas aún conservaban esa suavidad de bebé. Sin embargo, fruncía el ceño con seriedad, clavando la vista en las puertas cerradas del laboratorio.
—¡Papá, mamá ya lleva diez días ahí adentro! —Bernardo pataleó un poco, con la voz cargada de un agravio infantil—. ¿Será que ya no nos quiere?
Fabián bajó la mirada y le tocó suavemente la nariz con un dedo.
Una sonrisa de indulgencia se dibujó en sus labios.
—Pequeño ingrato, ¿cómo no va a querernos mamá? Está haciendo una investigación muy importante, ayudando a mucha gente.
El niño ladeó la cabeza, mirándolo con escepticismo.
—Entonces, papá, ¿mamá te quiere más a ti o al trabajo?
La seriedad de su hijo le causó gracia a Fabián, aunque sintió una punzada de celos en el fondo.
Hacía seis meses que Almendra había recuperado la vista. Desde entonces, había volcado gran parte de su tiempo y energía en la investigación científica. Incluso cuando estaba en casa, solía quedarse leyendo documentos hasta altas horas de la noche.
Fabián bajó al niño al suelo, se puso en cuclillas para quedar a su altura y le devolvió la pregunta:
—¿Y tú qué crees? ¿Que mamá te quiere más a ti o al trabajo?
—¡Claro que me quiere más a mí! —exclamó Bernardo, poniéndose las manos en la cintura con orgullo—. ¡Mamá dijo que yo soy su amor número uno!
Fabián, al escuchar eso, chasqueó la lengua fingiendo molestia.
—Pues yo creo que mamá a quien más ama es a mí.
Bernardo hizo una mueca, como diciendo «ay, por favor».
—¡Para nada! Mamá me ama a mí, y luego a… —El niño puso los ojos en blanco, pensándolo muy seriamente, y empezó a contar con sus deditos—: A la bisabuela, al abuelo, a la abuela, al tío Gilberto, al tío Marcelo, al tío Cristian…
Viendo que la lista de su hijo seguía y seguía, y que probablemente él no aparecería ni aunque contara hasta mañana, Fabián puso cara de pocos amigos.
Bernardo, al notar que su papá no parecía muy contento, ladeó la cabeza y reflexionó un momento. De pronto, se puso de puntitas y le dio un beso en la mejilla a Fabián.

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