Yara dio media vuelta y empezó a bajar las escaleras, escuchando los pasos tranquilos del hombre a sus espaldas.
Al descender, caminaba tan rápido que cualquiera pensaría que la venía persiguiendo el diablo.
Sebastián observó su espalda con una expresión ilegible.
Al llegar al comedor, Yara tomó asiento a la izquierda de Doña Melba, ignorando por completo la existencia de su esposo.
Sebastián jaló la silla justo enfrente de ella para sentarse.
—¿Acaso no hay lugar junto a Yara? —frunció el ceño Doña Melba, claramente inconforme.
Sebastián no dijo nada. Volvió a acomodar la silla, caminó alrededor de la mesa y se sentó al lado de su esposa.
En otra época, Yara se habría muerto de los nervios y la emoción al tenerlo tan cerca.
Pero después de haber sido testigo de la devoción que le dedicaba a Valeria, ahora su corazón era una roca. No sentía absolutamente nada.
Sebastián miró los platillos servidos en la mesa y comentó con un tono sugerente:
—Abuela, esta comida está tan cargada de energía que podría ser peligroso.
Yara lo miró confundida al principio, hasta que notó que la mayoría de los platillos eran mariscos y caldos revitalizantes, conocidos por ser potentes afrodisíacos naturales.
Apretó los labios.
Sabía que Doña Melba lo hacía con la mejor intención del mundo, tratando de que un bebé amarrara el corazón de su nieto.
¡Qué lástima que la abuela no supiera que Sebastián ya había sembrado su semilla en Valeria Villalobos!
—¡Tonterías! —le regañó Doña Melba con voz severa—. No es como si comieras esto a diario, un poco de vitalidad no te hará daño.
Sebastián guardó silencio, pero se negó a probar un solo bocado de esos platillos.
Al ver que no cedía, Doña Melba tampoco podía obligarlo, así que decidió cambiar de táctica.
—Sebastián, sírvele a Yara.
Antes de que Yara pudiera decir que no era necesario, un trozo de pescado perfectamente limpio de espinas cayó en su plato.
Al ver que su nieto obedecía, el rostro de Doña Melba se iluminó de alegría. Eran un hombre apuesto y una mujer hermosa; hacían la pareja ideal.
Un bebé heredaría esa genética impecable. Solo de imaginarlo, el corazón le saltaba de alegría.
La anciana no paraba de sonreír.
Durante toda la cena, cada vez que Doña Melba posaba sus ojos en Sebastián, él automáticamente le servía más comida a Yara.
De hecho, Yara ni siquiera tuvo que esforzarse en alcanzar los platillos.
Todo lo que apareció en su plato era exactamente lo que a ella le gustaba.


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