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Marcada o muerta: La Luna que él nunca quiso romance Capítulo 142

142: Capítulo 142: Surgen las sospechas

Punto de vista de Caleb

El recuerdo de su piel bajo mis labios ardía como una marca a fuego en mi consciencia. Anoche, durante un momento desesperado, estuve a punto de hincarle los dientes en la delicada curva de su garganta, a punto de reclamar lo que era mío. El sabor fantasma de su pulso aún perduraba en mi lengua.

Pero me eché atrás en el segundo crucial. El miedo impulsó mi retirada, junto con algo más a lo que me negaba a ponerle nombre. ¿Y si todo esto formaba parte de algún juego elaborado? Ella ya había dejado su postura meridianamente clara: no quería saber nada de mi marca. Pero quizá algo la había hecho cambiar de opinión.

Quizá su padre la había hecho cambiar de parecer.

Quizá le había ordenado a su pequeña espía que me atrajera, que me hiciera vulnerable.

O quizá yo solo era un maldito cobarde que se escondía tras la sospecha.

—No —dije, y mi voz cortó el silencio como una cuchilla—. No la marqué.

El alivio que inundó el rostro de Julian fue casi insultante por su intensidad. —Gracias a Dios. Son excelentes noticias. Por un momento, estuve seguro de que lo habías hecho…

—Julian —lo corté, fulminándolo con una mirada que podría haber congelado el mismo infierno—. En vez de obsesionarte con mis asuntos privados, ¿por qué no me traes a Vivienne? Tengo algunas preguntas muy urgentes sobre su vehículo.

Frunció el ceño, confundido. —¿Crees que lo robaron sin que ella lo supiera?

Esa era la historia que quería creer. Que un delincuente cualquiera había robado el coche de Vivienne, que ella no tenía ninguna responsabilidad por lo que le había pasado a Ivy. Pero mis instintos me gritaban una verdad diferente, una que me helaba la sangre.

—Solo tráela aquí abajo —ordené con los dientes apretados.

Julian asintió y se marchó, aunque no sin que yo captara la desaprobación que se reflejó en su expresión por mi noche con Ivy. La puerta se cerró con un clic tras él y por fin me permití exhalar, hundiéndome de nuevo en la silla mientras me pasaba la mano por la cara.

La noche anterior había sido todo lo que había soñado y más. Ivy estuvo absolutamente perfecta debajo de mí, su cuerpo respondía al mío como si estuviéramos hechos el uno para el otro. La forma en que me miró cuando me movía dentro de ella —como si yo fuera todo su universo— había sumido a mi lobo en una euforia absoluta. Incluso ahora, horas después, apenas podía reprimir la sonrisa de satisfacción que amenazaba con dibujarse en mi rostro.

Otro golpe seco en la puerta hizo añicos mi ensoñación. Esta vez, Noah entró como una tromba por la puerta, y la furia que irradiaba era prácticamente visible.

—¿Dónde diablos está? —exigió.

—¿Ivy? Está arriba, descansando.

—¿Está bien? Después de lo que esos cabrones le hicieron anoche…

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