Ahora sus ojos habían perdido el brillo y emanaban una profunda desolación. Cuando Esteban se paró frente a ella, Bianca casi pensó que estaba alucinando.
—Esteban, ¿eres tú...?
¿La vista la engañaba? Esteban había ido a verla. ¿Aún le importaba?
—Tienes muchos trucos bajo la manga —dijo Esteban con un tono gélido, mirándola desde arriba—. Solo llegué media hora tarde por Pedro y tú lograste atraerle una desgracia. Pero Bianca, no importa lo que planees, nunca volveremos a ser lo que éramos.
Antes confiaba en ella ciegamente, pero después de tantos incidentes, finalmente había visto su verdadero rostro. Ya no creería ni una sola de sus palabras.
Al escuchar su voz, los ojos vacíos de Bianca recobraron un poco de luz.
—Esteban, no planeé nada. Esta vez soy inocente de verdad...
Ella no sabía que la esposa de Luciano usaría métodos tan violentos para vengarse. Y había ido a la escuela por Pedro con buena intención, de verdad. No tenía segundas intenciones.
Pero Esteban ya no estaba dispuesto a escuchar.
—No me importa si eres inocente o no. Todo esto empezó por ti. Pedro es inocente; ambos te tratamos bien y mira lo que hiciste.
Bianca se quedó sin palabras, llorando sin parar, con la mirada llena de arrepentimiento. Él tenía razón. Por muy víctima que ella fuera en este caso, Pedro había salido herido por su culpa. Esa era una responsabilidad que no podía eludir.
Ver sus lágrimas solo provocó en Esteban una oleada de irritación.
—Ahórrate las lágrimas de cocodrilo. Ya dije lo que tenía que decir. Que te vaya bien.
No volvería a meterse en sus asuntos. Esta era la última vez.

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