Las palabras de Gisela lograron que la compasión de Fiona se esfumara en un segundo.
Su expresión se oscureció al instante.
—Gisela, cómo educo a mi hijo es asunto mío. ¿Quién te crees que eres para opinar? No se te olvide que ya no eres mi suegra, así que no tienes derecho a regañarme.
Antes se aguantaba por respeto a Esteban. Pero ahora que estaban divorciados, ¿por qué tenía que soportar sus groserías?
—¡Papá, mira! ¡Esa es la verdadera cara de Fiona! —Gisela, indignada por la respuesta, señaló a Fiona para acusarla con el abuelo Flores—. ¡Ni siquiera se ha casado todavía y ya me está faltando al respeto!
Al fin y al cabo, ella era mayor, y hablarle así era una falta de educación. Esa Fiona había cambiado, y mucho.
—Ya, cállate un rato —el abuelo Flores estaba harto de sus quejas—. Deja de buscar pleito donde no lo hay.
Gisela, al ver que el abuelo se ponía del lado de Fiona, echaba chispas por los ojos, pero no se atrevió a replicar. El viejo siempre había tenido sus favoritos. No entendía qué le veían a esa mujer para que todos la defendieran.
—Papá, ya estamos todos. Vamos a comer, que ya hace hambre —intervino Samuel para calmar las aguas, rompiendo su silencio.
—Sí, vamos a comer.
El abuelo Flores se apoyó en su bastón y caminó hacia el comedor. Fiona y Samuel lo ayudaron, uno de cada lado, mientras Gisela y su hijo iban detrás.
Ella le dio un codazo a Esteban.
—Esteban, ¿de verdad se van a casar? ¿No será puro chisme?


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