—Se porta bien porque tú lo has educado bien, no dejó que su papá lo echara a perder —dijo Samuel con calma, mientras le servía comida en su plato.
Al escuchar que hablaban así de su papá, Pedro se sintió mal.
—Tío, sé que antes papá y yo nos equivocamos, pero la gente merece una oportunidad para cambiar, ¿no? No se puede vivir siempre en el pasado, ¿verdad?
Sabía que él y su papá habían cometido errores, pero escuchar a su tío hablar así le dolía.
Se suponía que su mamá debería estar con su papá.
Pero ahora, por culpa de su tío, la familia estaba rota y no podían volver a estar juntos.
—Tan pequeño y tan respondón.
Samuel soltó una risa leve, levantó la vista y lo miró con indiferencia.
—Lo que dices no está mal, pero no todo tiene una segunda oportunidad. A veces, cuando te equivocas, te equivocas, y no hay forma de volver a pegar los pedazos.
Era como un espejo roto: por mucho que intentaras arreglarlo, nunca volvería a ser el mismo.
Las grietas seguirían ahí.
No era algo que se pudiera arreglar con un simple «voy a cambiar».
Al escuchar esto, Pedro dejó de comer. Cuanto más lo pensaba, más triste se sentía. Sus ojos se enrojecieron de golpe y se le llenaron de lágrimas hasta que una gota cristalina rodó por su mejilla en silencio.
—Pedro, ¿por qué lloras? —Silvia, al verlo llorar, sacó un pañuelo y se lo acercó—: Deja que Silvia te limpie.
Fiona, al ver la escena, sintió una mezcla de emociones.
—Pedro, tu tío no lo dijo con mala intención. Es solo que tenemos algunos problemas con tu papá, pero no tiene nada que ver contigo, no es contra ti.
—Ya no llores, te vas a lastimar los ojos.
Las lágrimas de Pedro aumentaron hasta que terminó llorando a mares, con el rostro empapado.
Al verlo así, Samuel no dijo nada más, simplemente le pasó pañuelos a Fiona.
No le salía pedir disculpas.


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