—Fiona.
Esteban se levantó para retirarle la silla caballerosamente.
Fiona no se sentó. Se quedó de pie junto a la mesa y preguntó con frialdad:
—Entonces, no es que a Pedro no le gustara la comida de la escuela, ¿sino que usaste al niño para engañarme y hacerme venir?
De verdad creyó que Pedro quería comer algo diferente. Qué ingenua había sido.
—¿Cómo puedes llamarlo engaño? —Esteban no le vio el problema—. Te niegas a verme, no me contestas el teléfono... solo me quedaba esta opción para que vinieras.
—Fiona, perdimos mucho tiempo en el pasado. Ahora que por fin aclaramos los malentendidos, ¿no te gustaría darle a Pedro un hogar completo?
Cada palabra suya giraba en torno al niño, como si de verdad hubiera cambiado. Pero Fiona seguía creyendo que la gente como él nunca cambia.
—Si quieres darle un hogar completo a Pedro, búscate a otra mujer.
Cualquiera menos ella.
¿Buscar a otra? Desde que Esteban supo la verdad, esa posibilidad no existía para él.
—No, Fiona. Solo te quiero a ti. Tú eres mi única esposa. Deja a mi tío, volvamos a casarnos nosotros dos. ¿No sería mejor?
—No.
Fiona lo rechazó tajantemente:
—Ya te lo he dicho mil veces: tengo una nueva familia y al que amo es a Samu. No importa lo que hagas, no servirá de nada.
No iba a tropezar de nuevo con la misma piedra. Sintiendo que no tenía caso seguir ahí, añadió:


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