—No, no puedes.
Respondió Esteban de forma tajante, con una mirada afilada como cuchillo.
—Pedro ya fue secuestrado una vez por tu culpa. ¿Y todavía te atreves a acercarte a él? ¿Lo haces para verlo o para hacerle daño?
Que no pensara que por haberla sacado de la cárcel ya la había perdonado.
Si no fuera porque todavía le servía de algo, ¿por qué iba a pagar su fianza?
Bianca se mostró dolida ante sus acusaciones.
—¡Precisamente porque se vio involucrado por mi culpa es que estoy pensando en cómo compensarlo!
—Esteban, Pedro es tu hijo, así que es como si fuera mío. Jamás le haría daño, créeme...
—¿Creerte? —Los ojos de Esteban destilaban pura furia—. ¡En el pasado confié demasiado en ti y por eso me engañaste una y otra vez!
—¿Por qué todas las atenciones que pedí para Fiona se convirtieron en golpizas? Las palizas que recibió Fiona en la cárcel... tú sobornaste a las reclusas para que la atacaran, ¿verdad?
Esa pregunta la tenía atorada en el pecho desde hacía mucho tiempo.
Si no hubiera descubierto su paradero apenas hoy, no habría esperado tanto para confrontarla.
Al mencionar a Fiona, el hermoso rostro de Bianca se llenó de rencor y su voz destiló veneno.
—Así que viniste a reclamarme.
—Respóndeme —exigió Esteban con voz gélida, clavándole la mirada—. No cambies el tema.
Bianca parpadeó rápidamente.
—Sí, ¿y qué?
—Tú...
—En ese entonces ya estabas conmigo, pero aun así pediste que la cuidaran, que le garantizaran comida y ropa. ¿Qué no es eso querer quedar bien con Dios y con el diablo? ¿Qué querías que pensara?


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