Antes, Pedro no era exactamente pegajoso con Esteban, pero definitivamente era mucho más cercano a él que ahora.
No solía reaccionar con ese miedo instintivo al verlo.
Samuel no sabía qué le había hecho Esteban al niño, pero el hecho de que Pedro se aterrorizara solo con verlo y se negara a irse con él...
Definitivamente ahí había gato encerrado.
Al escuchar esto, Esteban detuvo el jaloneo y miró a su hijo con una mirada fría y severa.
—Bien, Pedro. Veo que ya te crees muy valiente. Si no te vienes conmigo ahora, ¡olvídate de volver a llamarme padre!
Su única carta bajo la manga era su hijo.
Si perdía al niño, ¿con qué iba a presionar a Fiona para que volviera?
—¡Papá! —Pedro lloraba temblando—. No quiero perderte, pero tampoco quiero perder a mamá. Por favor, no me dejes...
Quería estar con su papá.
Pero el papá de los últimos tiempos le causaba un terror instintivo, aunque, a pesar de todo, no podía evitar querer acercarse a él.
Después de todo, ya había perdido a su mamá; no podía perder también a su papá.
Esteban no se conmovió en lo más mínimo por sus lágrimas. Su rostro seguía helado.
—¡Entonces vienes conmigo!
—Está bien, voy contigo...
Pedro sorbió los mocos y se despidió de Fiona con resignación:
—Mamá, Pedro se regresa. Vendré a ver a mamá en unos días.
—Está bien, mi amor. Mamá buscará más tiempo para estar contigo.
Fiona sintió que el Pedro de ahora era demasiado frágil, como si estuviera roto por dentro. Le partía el alma verlo así.
Esteban finalmente le quitó al niño de los brazos a Samuel.
Al momento de llevárselo, Samuel, que estaba alerta, aprovechó para subirle un poco la manga de la chamarra ligera al niño, dejando al descubierto una pequeña sección de piel blanca.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera