—Si no lo meto a la cárcel, la única perjudicada seré yo.
Fiona lo decía por pura supervivencia:
—En su momento le rogué que desistiera, le dije que lo nuestro no tenía futuro, ¿pero acaso me escuchó?
—Él no quiso entender y se aferró a estar conmigo a la fuerza. ¿Qué más podía hacer yo?
Esteban creyó, en su arrogancia, que usando a Pedro para amenazarla lograría que ella volviera a su lado. Ahora simplemente estaba cosechando lo que sembró. No podía culpar a nadie más.
—¿Que no podías hacer nada? ¡Vaya mosquita muerta! Hablas como si fueras la víctima...
Gisela ya conocía de sobra esa actitud de «yo no fui», y su tono se llenó de desprecio:
—Fiona, ni siquiera has entrado oficialmente a la familia y ya pusiste a los Flores de cabeza. Si llegas a casarte, ¿qué vas a hacer? ¿Dejarnos en la ruina?
Siempre supo que esa mujer era un peligro. Pero nunca imaginó que fuera tan despiadada como para no perdonar ni a su propio exmarido. Con tal de quedarse con Samuel, era capaz de todo.
—Piensa lo que quieras. De todos modos, no voy a dejar que Esteban salga libre.
Esta vez, Fiona se mantuvo firme.
—¡Tú...! —Gisela estaba que echaba chispas; tardó un momento en recuperar el habla—. ¿No tienes miedo de que le cuente esto a papá?
Fiona no se inmutó:
—¡Adelante, ve y dile al abuelo! A ver de qué lado se pone cuando sepa toda la historia: si del tuyo o del de Samuel y el mío.
Sin mencionar que el abuelo siempre la había consentido. En cuanto a quién tenía la razón, el viejo patriarca sin duda la apoyaría a ella. Era imposible que se pusiera del lado de Gisela.
—¡Eres una maldita, Fiona!
Gisela apretó los dientes con rabia:


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