Samuel quería negarse, pero Fiona desplegó todas sus armas de persuasión y terminó cediendo.
—Está bien, está bien, te acompaño. Pero te aviso que voy a estar pegado a ti para evitar que te haga algo.
Lo dijo muy serio, pero en el fondo se le notaban los celos a kilómetros.
Raimundo había estado enamorado de ella. Y aunque ahora Fiona se iba a casar con él, Samuel no podía evitar sentirse territorial.
Fiona sonrió, divertida por su actitud.
—Trato hecho.
En la prisión varonil de la zona oeste, un guardia se acercó a la celda.
—Raimundo, tienes visitas.
El guardia hizo pasar a la pareja y se retiró, dejándolos solos en el locutorio.
—Tanto tiempo.
Fiona fue la primera en hablar, mirando instintivamente las muñecas de él. —¿Cómo te trata la vida?
La última vez, él tenía las muñecas vendadas. Ahora las vendas no estaban, pero las cicatrices de su intento de suicidio seguían ahí, marcadas y visibles.
—Las condiciones aquí no son de hotel de cinco estrellas, pero es mejor que los separos —respondió Raimundo, sin quitarle la vista de encima—. Fiona, no creo que hayas venido solo a saludarme, ¿qué pasa?
Sabía que ella no daba paso sin huarache. Y Samuel no la habría dejado venir si no fuera por algo importante. Samuel estaba ahí parado, como un guardaespalda. Se preguntó si ya se habrían casado... La idea le ensombreció el rostro.
—Quería preguntarte si has tenido contacto con Bianca recientemente.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera