Fiona hizo una pausa, desviando la mirada hacia el documento que Azucena sostenía en sus manos.
—Vienes a acusarme con un contrato falso. ¿No tienes miedo de terminar en la cárcel igual que tu hija?
Falsificar un contrato era un delito grave, más aún si involucraba al Pabellón Nacional de Exposiciones.
Era un pase directo tras las rejas.
—¿Qué le hiciste a mi hija? —el tono de Azucena se volvió histérico de repente—. ¡Fiona, si te atreves a tocar a tu prima Úrsula Santana, te juro que te destruiré!
Esa cantaleta ya la había escuchado tantas veces que era inmune a sus amenazas.
Por lo tanto, la expresión de Fiona no cambió en lo más mínimo.
—Úrsula Santana sigue en prisión. Si tanto la extraña, tía Azucena, puede ir a hacerle compañía.
Sus palabras fueron frías como el hielo, y encendieron la furia de Azucena.
—¡Eres una mujer venenosa! No te bastó con arruinar a tu prima, ¿ahora quieres meterme a mí también?
Al darse cuenta de la gravedad de la situación, Azucena intentó escapar, pero los guardias de seguridad del estudio la sujetaron firmemente por los brazos y las piernas, inmovilizándola por completo.
—¡Suéltenme! —chilló Azucena, forcejeando desesperadamente, pero no lograba zafarse.
Fiona esbozó una sonrisa helada.
—Tía, no es que yo quiera meterla a la cárcel. Ya se lo había advertido: si seguía conspirando a mis espaldas, no tendría piedad con usted.
Fue en ese momento cuando el pánico se apoderó de Azucena.
—¿Qué es lo que quieres?
—Hable —exigió Fiona con una mirada afilada—. ¿Quién le presentó a Yolanda Arroyo? ¿Cómo la conoció?
Meter a su tía a la cárcel sería pan comido, pero el verdadero problema era descubrir quién estaba moviendo los hilos para unir a Yolanda y a su tía.
Si no desenmascaraba a la mente maestra, no tendría paz, incluso si Azucena terminaba encerrada.
El rostro de Azucena cambió de color varias veces, más pálido que el papel, hasta que logró recuperar la voz:


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