—Señorita Santana, ¿está celosa? Pero si Esteban y yo no estábamos haciendo nada... —dijo Bianca con un tono lastimero.
—¿Ah, no? ¿O acaso tengo que encontrarlos en la cama para que cuente como "algo"? —Fiona bajó la voz, su mirada cargada de indiferencia.
—¡Fiona, cuida tus palabras! —el rostro de Esteban se ensombreció por completo.
Fiona esbozó una sonrisa glacial, la frialdad en sus ojos cada vez más intensa.
—¡Mamá, no molestes a Bianca y a papá!
Una vocecita infantil interrumpió la conversación. Fiona levantó la vista y vio a su hijo corriendo hacia ellos. Se paró frente a Esteban y Bianca, extendiendo sus pequeños brazos como si los protegiera, y la miró con seriedad. La desconfianza en sus ojos fue como una daga para Fiona, y la tensión a su alrededor se hizo palpable.
¡Si no fuera por el niño, no le importaría en lo más mínimo aunque se estuvieran besando!
Sin hacerles caso, Fiona se dio la vuelta y se dirigió a la entrada principal de la villa.
—Papá, ¿mamá quería volver a molestar a Bianca? —oyó la pregunta de su hijo a sus espaldas, pero no se detuvo.
Ojos que no ven, corazón que no siente.
...
Al llegar a la sala, encontró al abuelo Flores viendo las noticias. Al verla, una amplia sonrisa iluminó su rostro.
—Sabía que vendrías hoy.
Fiona le devolvió una sonrisa amable.
—Abuelo, ¿cómo se ha sentido últimamente? ¿Ha mejorado la dificultad para respirar?
—Mucho mejor —respondió él, asintiendo con una expresión afable.

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