El hombre se detuvo instintivamente frente a la puerta. Su mano, de dedos largos y delgados, se extendió hacia la perilla. Justo cuando sus dedos rozaron el frío metal, oyó el sonido de pasos en el tercer piso. Retiró la mano con rapidez, entró en la habitación contigua y se dirigió al balcón para escuchar mejor lo que sucedía al lado.
...
Dentro de la habitación, Fiona forcejeaba mientras Esteban la sujetaba por las muñecas, inmovilizándola contra la cama. Él se había colocado sobre ella, atrapándola bajo su cuerpo, y la miraba con una expresión de furia.
—¡Suéltame! —le espetó ella, devolviéndole una mirada igualmente airada.
—¿Por qué le pegaste? —los ojos del hombre estaban inyectados en sangre, y la tensión a su alrededor era palpable.
Desde que lo había ayudado a subir, no había dejado de acosarla, exigiéndole una explicación por haber golpeado a Bianca, como si quisiera vengar el honor de su amada. La situación le parecía a Fiona ridículamente irónica.
—Si tanto te molesta, ¡devuélvemela tú! —dijo con una sonrisa gélida—. Si tu tío no me hubiera defendido, seguro que ya me habrías pegado, ¿verdad?
—¡La culpa fue tuya desde el principio!
—¿Y te has preguntado qué me ha hecho ella a mí? ¡El daño que me ha causado es mucho mayor que una simple bofetada!
—¿Te refieres a lo de la cárcel? —sus ojos brillaron con crueldad—. ¿No fue eso lo que te merecías?
—No tengo tiempo para tus tonterías —dijo Fiona con firmeza—. ¡Suéltame ahora mismo!
—¿Y si no quiero?
Esteban liberó una de sus manos para sujetarle la barbilla y se inclinó hacia ella. Fiona giró la cara instintivamente, y el beso de Esteban aterrizó en su mejilla.
—¿Me estás evitando? —frunció el ceño, incrédulo.



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