Mientras tanto, en la clínica, Fiona atendía a un paciente tras otro, desbordada de trabajo. El celular, que vibraba sin cesar en el cajón, pasaba desapercibido. Thiago había llamado a primera hora para avisar que tenía fiebre alta y que se tomaría la mañana libre. La clínica, recién inaugurada, estaba teniendo un flujo constante de pacientes, así que Fiona había llegado muy temprano para encargarse de todo.
Cerca del mediodía, Thiago apareció en la clínica, arrastrando los pies.
—Thiago, todavía no es la tarde, ¿por qué viniste tan pronto? —le preguntó Fiona, sorprendida.
—No podía dejarte sola con todos los pacientes, así que decidí venir antes.
—¿Pero te sientes bien para trabajar? —Fiona lo miró con preocupación, notando su rostro pálido.
—No te preocupes, ya tomé un medicamento y me siento mucho mejor.
Thiago se puso la bata y se sumergió en el trabajo.
Fue durante el almuerzo que Fiona vio la llamada perdida de Samuel. Estaba a punto de devolverle la llamada cuando sonó su otro celular, un número desconocido. Contestó. Era un antiguo cliente que necesitaba que le reparara un objeto de jade. Tras coordinar con él, se olvidó por completo de la llamada de Samuel.
Por la tarde, el cliente le entregó el objeto de jade a Ofelia, quien le envió una foto a Fiona. Como Fiona no podía revelar su identidad como restauradora, muchas de las transacciones se hacían a través de Ofelia. Era un acuerdo que tenían desde hacía años, por lo que muchos de sus clientes nunca la habían conocido en persona.
...
Fiona terminó de trabajar a las ocho de la noche. Justo cuando cerraba la puerta de la clínica, vio una figura familiar de pie junto a un Maybach. Al reconocer el rostro del hombre, se quedó paralizada. Las imágenes del beso de la noche anterior inundaron su mente.
Se quedó inmóvil. Samuel se acercó a ella.
—Te llamé en la mañana, ¿por qué no contestaste?

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