Sus ojos despedían una frialdad glacial.
—Aún no estamos divorciados —respondió Fiona, tragando saliva—. Legalmente, es mi marido. Si no recurro a él, ¿a quién voy a recurrir?
La mano de Samuel que sujetaba el celular se apretó con tal fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. La miró fijamente, su respiración cada vez más agitada.
El teléfono dejó de sonar. De repente, la agarró por la barbilla, obligándola a levantar el rostro. Sus miradas se encontraron, y la de Fiona estaba cada vez más nublada.
—Pero están a punto de divorciarse —dijo Samuel, palabra por palabra—. Y llevan años sin intimar. Si te acuestas con él ahora, ¿de verdad crees que podrás salir de esta sin más consecuencias?
—No puedo morir —su voz temblaba—. Silvia me necesita...
—No vas a morir —la interrumpió él con voz grave—. No dejaré que te mueras.
—Señor Flores, usted...
Fiona, al ver la determinación en sus ojos, se quedó atónita. Antes de que pudiera terminar la frase, Samuel la sujetó por la nuca y la besó.
El corazón de Fiona se desbocó, como si fuera a salírsele por la boca. El alivio momentáneo solo la hizo desear más. Se aferró a él como un náufrago a una tabla de salvación.
La levantó y la sentó en el lavabo. Sus besos descendieron de sus labios a su cuello. El cierre de su vestido se deslizó, revelando la piel blanca de su espalda. Miró su rostro sonrojado y se inclinó hacia ella.
En ese momento, unos golpes sonaron en la puerta de la habitación contigua.
—Fiona, ¿estás ahí?


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