—¿Qué quieres decir? —gritó Esteban.
—Tú y Bianca se la pasan juntos todo el día, ¿y acaso te he dicho algo? Somos adultos, es normal tener necesidades. ¿Por qué tú sí puedes y yo no?
—¿Acaso estoy muerto para que andes buscando a otros hombres?
La mano de Esteban, que todavía le rodeaba el cuello, apretó con más fuerza.
—Suéltame.
Sus ojos brillaban con una furia implacable.
—Mientras no nos divorciemos, eres mi mujer. ¡Solo yo puedo acostarme contigo, nadie más tiene ese derecho! —la mano de Esteban se deslizó hasta su cintura y comenzó a recorrer su cuerpo—. ¿Quién te dio el valor para hacer algo así?
La presión en su cintura se intensificó.
Ella frunció el ceño por el dolor.
—¡Me estás lastimando! Suéltame ya.
—¿Quién es ese hombre?
Fiona lo ignoró e intentó apartarlo.
Pero Esteban la giró y la empujó sobre la camilla de exploración.
El instrumental que estaba sobre ella cayó al suelo con un estruendo.
—¡Quítate!
Fiona luchaba con todas sus fuerzas, pero el hombre no parecía tener intención de soltarla.
En ese momento, desde el celular que estaba boca abajo sobre el escritorio, se escuchó una voz:
—Señor Flores, le he dejado aquí los documentos.
Las manos de Esteban se detuvieron de golpe. Miró, incrédulo, hacia el celular.
Fiona estaba igual de sorprendida.

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