—De acuerdo.
Fiona Santana asintió con suavidad, incapaz de contener la sonrisa que se dibujaba en sus labios.
El filete acababa de llegar a la mesa. Fiona apenas había probado un par de bocados cuando una voz estridente interrumpió la calma.
—¿Fiona? ¿Tío?
Fiona levantó la vista al oír su nombre y, al ver al hombre que tenía delante, frunció el ceño sin poder evitarlo.
¿Es que no podía ir a ningún sitio sin toparse con ellos?
¡Qué mala suerte!
Samuel Flores siguió la dirección de su mirada, alzando los párpados con lentitud. Al ver a Esteban y a Bianca de pie junto a la mesa, sus ojos brillantes se tiñeron de una frialdad que helaba la sangre. El hombre dejó los cubiertos sobre el plato con un gesto indiferente.
—Sobrino, ¿qué casualidad? —dijo con un tono que no denotaba sorpresa alguna.
Antes de que Esteban pudiera responder, Bianca se adelantó, con la voz cargada de reproche.
—Señor Flores, ¿cómo es que está cenando con ella en un restaurante con estrellas Michelin? ¡Y solos, además!
Samuel esbozó una sonrisa distante, que se ensanchó con aire despreocupado.
—¿Acaso el filete se come de a tres? No me gustan las multitudes, y mucho menos tengo esas… aficiones.
El doble sentido era evidente. Una frase en apariencia inocente era una pulla directa a la relación entre Esteban y Bianca.
—Fiona, ven conmigo. Necesito decirte un par de cosas…
Esteban la sujetó del brazo y la levantó de la silla sin darle tiempo a reaccionar.
—Esteban.


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